No me llores no, porque si lloras yo peno, en cambio si me cantas yo siempre vivo y nunca muero.

Todo inicia en los campos, en los paisajes que poco a poco se van tiñendo de tonos naranjas, amarillos y morados; mientras el viento juega con el cempaxúchitl y comienza a impregnar ​ el​ ​ aire​ ​ con​ ​ el​ ​ aroma​ ​ ​que ​ ​anuncia ​ las​ ​ ​fiestas ​ de​ ​ muertos.​

En México la muerte no se toma a la ligera, es un rito. Morir es algo tan natural en los seres humanos y tan ceremonioso en Oaxaca, que estos días se convierten en una suerte de color, cultura, nostalgia y afán por la vida. En las fiestas de muertos recordamos a los que han partido y con solemnidad preparamos bebida, flores y comida para las ánimas que, se dice, nos visitan en un favor que solo se concede entre los últimos días de octubre y los primeros días de noviembre; y que coincide con el final del ciclo anual del maíz, cultivo predominante​ ​en​ ​nuestro​ ​país.

De acuerdo con el Antropólogo Julio César Flores, el maíz es la muestra perfecta de la vida, alimento base de los mexicanos, el cual para ser productivo primero debe morir, “se hace mazorca, se desgrana y muere, pero si lo metes a tierra vuelve a resurgir y se reinventa así mismo con la ayuda del hombre”, así nuestro concepto de vida poco tiene que ver con la tradición occidental donde la muerte representa el fin; por el contrario, en nuestra cosmovisión, herencia indígena que permanece hasta nuestros días, con la muerte se reinicia​ ​nuestro​ ​caminar.

En su libro “El libro de mis recuerdos” (1872) Antonio García Cubas menciona que era el pueblo bajo quien en el siglo XIX realizaba lo que ahora es ya una tradición;  visitar panteones, escribir calaveritas y ofrecer alimentos. Las fiestas de muertos son una magia de​ ​sincretismo​ ​entre​ ​la​ ​tradición​ ​de​ ​nuestros​ ​ancestros​ ​y​ ​la​ ​fe​ ​católica.

De acuerdo con María Diéguez, en la época colonial “las celebraciones prehispánicas de la Fiesta de los muertitos y la Gran fiesta de los muertos, se unificaron y cambiaron de fecha para asimilarlas a la celebración católica de Todos Santos y Fieles Difuntos, celebradas el 1 y 2 de noviembre” (Diéguez, 2013: 56). Así, el 28 de octubre está dedicado a aquellos que murieron por causas trágicas y violentas; el 30 a los que murieron sin ser bautizados, el 31 a los angelitos, es decir, a los niños. El día de todos los santos mantiene el ritual católico y el día 2 de noviembre, coincidiendo con la festividad de Fieles difuntos tiene lugar el día de muertos.

Menciona la autora que la festividad se divide entre el espacio público y el familiar, siendo el último aquel en que se elaboran los característicos altares, elemento en que convergen las tradiciones pre coloniales y las creencias católicas; pueden ser de varios niveles, un altar de dos niveles representa el cielo y la tierra, el de tres niveles hace referencia al cielo, la tierra y el purgatorio. El más tradicional tiene siete niveles, los pasos necesarios para llegar al cielo.

El altar, es parte fundamental de los días de muertos, en Oaxaca, poner un altar es una tradición cuyos elementos más característicos son los alimentos, el chocolate, el agua, el papel picado, el mezcal, las flores, el incienso o copal, el petate, las frutas, las veladoras, las velas, las flores de cempaxúchitl y el pan de muerto, el cual, dependiendo de la región del estado, posee ciertas características, así por ejemplo encontramos pan pintado de Mitla, el pan decorado con flores de la Sierra Norte y pan de anís con caritas en los Valles Centrales, de acuerdo con el antropólogo Julio César Flores este pan representa al cuerpo sepultado​ ​y​ ​por​ ​ello​ ​solo​ ​se​ ​alcanza​ ​a​ ​ver​ ​el​ ​rostro.

En algunos lugares aún se acostumbra buscar a los panaderos días antes de las festividades, a la casa de estos personajes que son parte fundamental de la comunidad, asisten las familias con cajas y canastos de carrizo a encargar el pan que habrán de ocupar para el altar y para repartir entre los conocidos y familiares; tradicionalmente la unidad de medida es la arroba, que equivale a 12 kilogramos de masa, así los clientes encargan su pan​ ​con​ ​base​ ​en​ ​esta​ ​medida,​ ​y​ ​pasan​ ​a​ ​recogerlo​ ​el​ ​día​ ​en​ ​que​ ​se​ ​coloca​ ​el​ ​altar.

Las frutas son también parte importante, el característico arco de los altares se elabora con cañas, las cuales se unen en las puntas. Y como la madre naturaleza es sabia, en octubre brotan de entre la tierra flores pequeñas de tono amarillo y tallo largo que al trenzarse se convierten en hilos perfectos para adornar el arco. Tradicionalmente en el altar suelen colocarse mandarinas verdes, que al paso de los días adquieren su característico color naranja, ​​el​ ​cual​ ​combina​ ​con​ ​las​ ​flores.

El agua sirve para aliviar la sed de las ánimas que han tenido que recorrer un largo camino para llegar hasta sus hogares. Mientras que las velas y veladoras se encienden como una luz, que se cree, ilumina el camino de las almas y al mismo tiempo sirve como ofrecimiento de​ ​plegarias​ ​a​ ​Dios…

Por: Elizabeth Pérez Castro

Créditos

Julio​ ​César​ ​Flores,​ ​Antropólogo​ ​por​ ​la​ ​UABJO

José ​ Luis​ ​ Sosa​ ​ ​Méndez,​ Promotor​ ​​cultural​ ​de​ ​Mitla

 

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