Mtro. Juan Antonio Gómez Cárdenas gomcard@yahoo.com

Domingo del señor, 31 de enero de 1819.

Hace más de un mes y medio que me fugué de mi tierra Santo Tomás Ixtlán, el pasado jueves 17 de diciembre de 1818, pobre de mi Tío Bernardino seguro ha de extrañar ponerme los regaños y castigos constantes por mi falta de atención a las tareas del campo y luego por mi falta de aplicación en la enseñanza del castellano.

Recuerdo ese momento cuando la familia Maza en donde trabaja como cocinera mi hermana Josefa, me presentó con Don Antonio Salanueva, él es poseedor de una amplia casa con tres patios en el centro de la capital del estado, frente al templo de nuestra señora del Monte Carmelo, Don Antonio es un señor muy reservado, porta siempre los hábitos correspondientes a la orden tercera de San Francisco de Asís. Ese día mostraba una mirada penetrante pero bondadosa hacia mí.

El Señor Maza y Don Antonio platicaban y a mí me preocupaba no alcanzar a comprender su idioma el castellano, me daba cuenta clara que se referían a mí, pero esa agobiante inquietud de no entender claramente lo que ellos conversaban. Me hacía suponer tantas cosas…

-Pobre niño, por favor recíbalo bajo su cuidado.

-¿No será agresivo y de malas costumbres?

-Perdió a sus padres a la edad de tres años y ha estado de un lugar a otro, con sus hermanas mayores, sus tíos y aún no ha encontrado un verdadero hogar desde entonces…

Todo eso era lo que suponía que ellos platicaban, por ello me sentía muy nervioso y angustiado.

Sé por los niños de mi raza zapoteca, con los cuales conviví y jugué hasta los 12 años en la sierra de Ixtlán, que la ciudad de San Marcial Oaxaca, es la única alternativa que ofrece la oportunidad de progresar mediante el estudio, y muchos de ellos están hoy en las casas de las familias de la capital trabajando como mozos y con la oportunidad de aprender gramática del castellano en alguna escuela religiosa que hay en la capital.

Afortunadamente en este mes he mejorado mi castellano para leer, escribir y hablar. Todas las mañanas me levanto antes de que el sol salga por el valle de Tlacolula, nos reunimos con mi tutor a rezar y comienzo sometido a las faenas correspondientes que fueron asignadas por Don Antonio, para después irme a toda prisa a la llamada Escuela Real en donde el maestro nos separa en dos grupos en uno están los niños llamados “decentes” y en otros en donde me encuentro con otros niños relegados igual de pobres que yo instruidos por un aprendiz que no es muy bueno para la enseñanza.

Mi tutor, a quien muchos llaman “el amigo de la juventud” me ha prometido que le gustaría que tomase la vida eclesiástica, y que sería muy bueno que fuera al Seminario de Oaxaca para que en un futuro me ordene como sacerdote.

Al salir de la Escuela Real, regreso nuevamente a la casa de Don Antonio, a comer, eso si, posterior a los rezos correspondientes todos los días y  después a trabajar toda la tarde en el oficio que me ha encomendado, que consiste en encuadernar libros, lo cual me ha resultado muy interesante; porque me da la oportunidad de practicar el castellano y otras lenguas como el francés y el latín, me he dado cuenta que me ha servido para aplicarme en otras tantas materias como la aritmética, teología y los clásicos. Y como tengo que cuidar que cada página corresponda en la secuencia correcta, tengo que leer cada libro que encuaderno en piel de principio a fin.

Cuando obscurece Don Antonio me llama a tomar los rezos del rosario y misterios correspondientes, para después pasar a merendar y dormir, eso si,  en una cama más suave que el petate en el cual estuve acostumbrado a dormir desde que vivía allá en la sierra.

Benito Pablo Juárez García.

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