Mi madre siempre me ha dicho que en esta tierra está mi raíz, que sin importar a donde vaya o cuanto tiempo pase, en algún momento querré volver a casa, a mi lugar de origen, al árbol frondoso que acompañó mis tardes de infancia y a la montaña que me vio crecer. Dice que pase lo que pase, uno es de donde nace y de donde crece.

No lo comprendí, hasta que conversando con un ausente, me confesó que no hay día en que él no extrañe Oaxaca, en que no anhele la comida, los mercados, la cantera, las nieves y la familia.

En la distancia, la cantera se recuerda más verde, las flores más vivas, la comida más suculenta, la familia más amorosa, la lluvia más fresca, Santo Domingo más imponente y las noches… estamos seguros, en Oaxaca tienen más estrellas.

A lo lejos, Oaxaca es un sueño, un anhelo, un recuerdo que nos da esperanza mientras nos llena de tristeza. Es verdad, hace falta volver a la tierra, sumergirse en las olas de un mar cálido que nos recibe con caricias de sal y arena, llenarse de sabores la lengua y caminar en calles de piedra.

Oaxaca es un latido, un impulso, sangre corriendo por nuestras venas, amor que se funde en la piel de los que sueñan. Aire que llena los pulmones de los que suspiran por esta tierra, añoranza que transmuta en certeza, en ganas de volver y caminar sobre la humedad de la sierra, sueño de noches de primavera, suspiros que huelen a azucenas, manjares que se deshacen en la lengua, canto que no cesa.

Los ausentes, llegan a Oaxaca buscando sentido, significados, energías para continuar el viaje y combatir la tristeza. Oaxaca es raíz que llama y árboles que se mecen con un viento que sisea, mercados coloridos y braseros de llamas eternas. Cirios interminables que alumbran pecados, milagros y ausencias. Latidos ininterrumpidos que llenan las venas. Parte intrínseca del alma y la existencia.

Oaxaca es el cordón umbilical que nos llama sin importar la distancia, el recuerdo de la infancia que nos conforta el alma, el susurro de las abuelas que contaban historias mientras cocinaban, los muertos que nos traspasan. Oaxaca es hogar, familia, síntesis perfecta de vida y esperanza.

Y si, en algún momento dan ganas de volver a casa, al árbol frondoso de la infancia, a las historias interminables de aparecidos con que las abuelas nos espantaban, a los humos de ocote y a las brasas de carbón que no se apagan. Dan ganas de volver a la tierra que nos llama.

Por: Elizabeth Pérez Castro

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