Por: Eduardo Caccia / Conferencista, escritor, columnista en Grupo Reforma, innovación de negocios a través de las ciencias sociales y la neurociencia

Eres millones de células, también de datos. El despertador de tu teléfono suena a las 6 a.m., haces ejercicio (estrenas tu nueva app), luego sales de casa a las 7:45, llegas a trabajar a las 9, usaste una aplicación de navegación para llegar rápido, claro. Por la tarde vas al supermercado, revisas tus redes sociales, un me-gusta por aquí, un me-gusta por allá, subes una foto, haces un comentario aprobando algo, en otro desapruebas aquello, antes de dormir compras ropa por Internet y el sueño te vence en cierta serie de la web. Ha sido un día normal, uno de tantos en que cada actividad tuya ha sido registrada en una base de datos.

Estamos dejando una huella digital con la tecnología en línea que interactuamos. Se sabe a qué hora te levantas, de dónde a dónde te mueves, a qué velocidad, con qué frecuencia, incluso tu ritmo cardiaco, presión arterial, qué aficiones tienes, qué tipo de amigos te agradan, qué opinas de ciertos temas, qué talla eres, tu número de tarjeta de crédito, tus expresiones favoritas, los sitios web que frecuentas y lo más sorprendente, tu perfil psicológico. Bienvenido a la posprivacidad.

El sistema de predicción del clima cada vez es más exacto, ha acumulado millones de datos y ha establecido correlaciones de modo que ante ciertas condiciones la predicción es certera. Lo mismo sucede con lo que hacemos, nuestra conducta no es aleatoria. Big Data es una gigantesca base de datos que se alimenta día tras día de microdatos. Hay compañías que están haciendo análisis de la información para determinar patrones de conducta. Un sistema correlaciona nuestros datos demográficos con un perfil psicográfico (actitudinal). El algoritmo es implacable: con 10 de tus me-gusta te predice mejor que tus compañeros de trabajo. Con 100 me-gusta, mejor que tus amigos cercanos y tu familia. A partir de 250, supera a tu pareja. Pronto dejarás de preguntar “quiero ir a Europa, ¿qué me recomiendas?” para decir “este soy yo, ¿a dónde me gustará ir?”.

El genio Asimov lo vio venir. Su concepto de psicohistoria esbozó una mezcla entre historia, psicología y estadística matemática para predecir el comportamiento del Imperio Galáctico. Esa era ya está aquí, y no sólo predice, también induce. A través de inofensivas invitaciones a realizar una prueba como “¿qué famoso serías?” se obtiene tu perfil actitudinal “ocean” (acrónimo de openness, conscientiousness, extraversion, agreeableness y neuroticism) que alimenta un algoritmo, de modo que cuando hay un cierto patrón de regularidades, tus preferencias son predecibles. Tu información te hace vulnerable a cierto tipo de mensajes cuyo contenido será de tu gusto. Así ganaron el Brexit y Trump; los potenciales electores recibieron mensajes microsegmentados de aquello que más los influía para votar (o para no votar, en el caso de quienes estaban a favor del oponente).

Big Data es una gran amenaza si se usa para manipular, y una formidable herramienta para encontrar soluciones. El personaje de Dr. House es un médico muy respetado, encuentra respuestas a conjeturas clínicas donde sus colegas han renunciado. House correlaciona los datos más increíbles. Puede entrometerse en tu baño en búsqueda de una sustancia improbable que desencadene una causa y un remedio. Así funciona Big Data. Los pronósticos médicos del futuro apuntan a ser más certeros gracias a esta correlación de síntomas, recetas, enfermedades, reacciones secundarias, etcétera, de millones de casos, pero que un humano no había correlacionado.

La privacidad es una frontera rendida al dataísmo, esa tendencia que convierte todo en datos para luego extraer lo valioso, como en una enorme mina. Ante esta previsible desnudez, la defensa deberá ser, más que oponernos a la tendencia y cubrir nuestra privacidad, buscar cómo nos adaptamos a la posprivacidad creando leyes que orienten este gran poder para mejorar nuestra convivencia y las condiciones de vida de la humanidad. Un mundo predecible es un mundo fatal, ausente de la esencia de los fenómenos humanos donde lo singular, lo improbable, lo súbito, nos recuerdan que somos más que un algoritmo.

Mientras ese futuro nos alcanza, celebremos la algorítmica certeza de nuestro encuentro. Algún sistema, conociéndote, conociéndome, lo predijo.

@eduardo_caccia
ecaccia@mindcode.com

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