Por: Vázquez Villalobos

Probablemente hablar de planeación coherente pueda sonar como una redundancia, pero particularmente, en términos de lograr los objetivos que, en este caso, define el Plan Estatal de Desarrollo, todos aquellos que compartimos la responsabilidad de integrar el Plan Sectorial de Turismo debemos ser lo suficientemente capaces de poder marcar coherentemente las acciones necesarias para el desarrollo turístico de Oaxaca. Para ello, la priorización es esencial, y debe basarse en la observación de los diversos factores que inciden en la actividad.

En este orden de ideas, el análisis estadístico es una herramienta principal, pues nos permite conocer las cifras de afluencia, gasto, derrama, demanda, estancia y satisfacción del turista en los destinos de Oaxaca. Incluso nos entrega datos sobre características específicas del turismo que está llegando a Oaxaca, como su poder adquisitivo, que muestra una alarmante baja en la última década.

La importancia del análisis en este contexto obedece también a que los elementos que lo conforman tienen que ver precisamente con los objetivos marcados en el PED: las cifras de afluencia, gasto, derrama, demanda, estancia y satisfacción del turista en los destinos de Oaxaca nos muestran cinco zonas muy definidas en las cuales se concentra el peso turístico, y cuya área de influencia se interrelaciona de modo claro con cinco de las diez rutas que actualmente existen.

Estos destinos, así concentrados e interrelacionados, constituyen lo que desde hace más de una década se conoce como clúster turístico, que generalmente se define como una forma de organización basada en la concentración, en un determinado territorio, de empresas de distintos sectores, complementarias e interdependientes, que ofrecen servicios basados en cadenas de valor de un sector específico.

Como el ejemplo más claro: Huatulco, con tan sólo el 11% de la afluencia turística estatal, genera más del cuarenta por ciento de la derrama; forma parte de un corredor en la Costa que por sus características constituye, de modo natural, el clúster que va a permitir el desarrollo turístico de la región, integrando además a la Ruta de la Costa y la Ruta de la Fe Juquila, cuyos peregrinos generan un importante flujo hacia la primera.

Así mismo, los Valles Centrales concentran a la Ruta Mágica de las Artesanías, Ruta de la Sierra Juárez y Ruta Caminos del Mezcal, que al estar concentradas en una zona geográfica bien comunicada, con una robusta plataforma de productos, atractivos y servicios, constituyen otra zona que, junto con la Costa, nos permite determinar la prevalencia de dos clústeres principales en los cuales las cadenas de valor establecidas, así como las redes empresariales, una fluida interconexión y productos integrados —todo ello perfectible pero ampliamente funcional— son las mayores fortalezas.

 

En tal plano, cualquier observación racional sobre las estrategias que deben emprenderse no puede eludir una pregunta fundamental: ¿es todo el territorio estatal susceptible de generar actividades turísticas? Tampoco podemos soslayar en este planteamiento el hecho concreto de que pasadas administraciones, por falta de planeación, han generado expectativas irreales, a partir de proyectos turísticos poco viables que no han tomado en cuenta factores como la distancia, la orografía, la conectividad, los servicios o la real magnitud de los propios recursos o atractivos, y que lejos de coadyuvar al desarrollo de las regiones y las comunidades, generan obligaciones administrativas y sobre todo financieras a los municipios. La planificación coherente no nos permite generar falsas expectativas porque se basa en realidades.

Por supuesto, existen diversas zonas cuyos recursos y atractivos hacen pensar en iniciar acciones de índole turística, pero además de los factores mencionados también es necesario evaluar otros como la fortaleza de la demanda, patrones locales y regionales de mercado, así como factores sociales y culturales que pudieran incidir en la creación o consolidación del producto turístico.

Tomando en cuenta todos estos elementos, podemos plantear la posibilidad de considerar a esas zonas como clústers emergentes, a los cuales, por su potencial, es necesario dar un tratamiento especial, que surja de un diagnóstico y un análisis de viabilidad certero y honesto.

El turista actual busca experiencias vivenciales; no quiere ver, quiere hacer. Esto hace necesario, en la definición y puesta en valor de estos clústers emergentes, tomar en cuenta igualmente la experiencia directa de aquellos que comercializan las zonas y cuyos resultados son firmes en este sentido, pues su contribución es valiosa para generar actividades —regionales en primera instancia pero cuyo potencial las hace susceptibles de extender sus alcances— que detonen un turismo que nos permita, a través de estrategias eficaces de desarrollo y comercialización que integre las nuevas tecnologías, así como de una eficiente interacción con los llamados stakeholders, acceder a mercados más amplios y de un mayor poder adquisitivo.

El diagnóstico es claro: la buena planeación, fundamentada en el conocimiento certero del territorio de Oaxaca, sus características y particularidades, así como en el análisis de las estadísticas y la realidad de la entidad, nos permitirán definir realmente dónde están y cuáles son las vocaciones turísticas y las mejores oportunidades de desarrollo del turismo en el estado.

vazquez.villalobos@outlook.com

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