Por: Ana Vásquez Colmenares / Secretaria de Culturas y Artes de Oaxaca

El día de la libertad de expresión conmemora un derecho amparado para toda la ciudadanía mexicana en el artículo sexto de nuestra Carta Magna. Es una fecha en la que reconocemos la labor en nuestra sociedad de las y los profesionales del periodismo responsable, para quienes ejercer su profesión ha llegado a convertirse, en demasiadas ocasiones, en un asunto de vida o muerte. Expreso mi repudio a estos actos execrables de violencia contra periodistas; mi solidaridad con el gremio y mi apoyo irrestricto al derecho de cada quien de expresarse sin temor a represalias de ningún tipo.

Sin embargo, podemos mirar y pensar la libertad de expresión desde otras ópticas, las cuales me gustaría abordar hoy: la primera tiene que ver con patrones de nuestra cultura que inadvertidamente también propician la censura, y el segundo con otro tipo de libertad de expresión, la artística.

Hace algunas semanas, a propósito del lamentable crimen del periodista sinaloense Javier Valdez, el Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, Matthew R. Sanders comentaba en un artículo para El Universal, que la corrupción, el poder y el crimen son los principales enemigos de las libertades fundamentales, lo cual es patente a la luz de los más de cien asesinatos de periodistas ocurridos en la última década, ante lo cual el Estado Mexicano tiene una labor impostergable que realizar desde los tres poderes de la unión, para reforzar y garantizar este derecho fundamental.

Sin embargo, en México hay otro tipo de restricciones que limitan la libertad de expresión, que no tienen que ver con poderes institucionales o fácticos que silencien o inhiban las voces. Son formas más sutiles, que han sido adquiridas y transmitidas de generación en generación, lo cual las hace tan parte de nuestra cotidianeidad, que erróneamente llegamos a confundirlas con elementos inherentes a nuestra cultura, siendo que son patrones conductuales aprendidos que de igual forma se pueden desaprender.

Un periodista oaxaqueño radicado hace años en Montreal, Jaime Porras, publicó un artículo para la revista GQ, donde expone diferencias culturales entre los mexicanos y los canadienses, como el saber decir NO. Pareciera que a los mexicanos nos da temor ser claros, asertivos y marcar límites; incluso, fácilmente confundimos estas cualidades con descortesía o descaro, lo que significa que desde niños aprendimos a limitar nuestra propia libertad de expresión, y a limitar la de otros.

Esta actitud afecta la base de confianza deseable en interacciones sociales sanas. Pero más allá de la dificultad que tenemos las y los mexicanos para decir que NO, y de ser honestos hacia fuera, otro aspecto donde cojeamos es que nos falta aprender a ser más honestos con nosotros mismos y redimensionar el valor de la palabra, para poder expresarnos libremente en toda la extensión del término. En un artículo previo a la publicación del Laberinto de la Soledad, titulado “La mentira en México”, Octavio Paz describe con cruda lucidez, el miedo a la verdad como una característica que nos lleva a exacerbar cualidades y defectos de nuestra propia realidad. Ambas características son nocivas para el desarrollo de nuestra sociedad.

En este sentido, la conmemoración de la libertad de expresión nos recuerda que además de reforzar las garantías a nivel institucional, necesitamos entre todos fomentar un cambio cultural y conductual profundo. Necesitamos transitar hacia formas de relacionarnos más honestas y comprometidas con nosotros mismos y con nuestra sociedad.

Ahora bien, la segunda arista, es decir, la libertad de expresión artística es el anverso de la moneda. A través de su obra, el artista expresa al mundo sus más íntimos sentimientos, sus inconscientes temores y su ideología, en resumen, la esencia más profunda de su existencia. El arte es una es una necesidad inherente a la condición humana. Es por ello que, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, la ONU estableció el derecho de toda persona a gozar de la vida cultural como un derecho fundamental.

En la historia política y social del mundo, el arte ha sido clave para expresar las demandas sociales y los cambios de paradigma que han generado las grandes transformaciones. Razón por la cual, el arte también ha sido censurado y los artistas en muchos casos perseguidos. Por ejemplo, el movimiento muralista de Rivera, Siqueiros y Orozco reforzó las ideas revolucionarias, reivindicó la importancia de nuestras raíces indígenas, denunció injusticias estructurales de nuestra historia social y política y buscó crear conciencia social.

Asimismo, frente a las dictaduras latinoamericanas que tuvieron lugar en las décadas de los años sesentas y setentas, surgió la “nueva canción latinoamericana”, con exponentes como Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Violeta Parra, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, entre muchos más, que expresaba la protesta y el descontento social que vivían en ese momento varias naciones. Muchos de ellos fueron perseguidos, exiliados y algunos incluso fueron asesinados, como fue el caso de Víctor Jara durante la dictadura de Pinochet. En México, los representantes más conocidos de este género fueron Óscar Chávez y Amparo Ochoa, que retrataron la vida de obreros y estudiantes, dando voz a los movimientos sociales de esa época.

En conclusión, la libertad de expresión es una facultad humana que sólo puede ejercerse de manera plena ejercitando hacia adentro y hacia afuera la honestidad y la valentía; otorgando a la palabra y la imagen su justo valor. En esta tarea, la expresión periodística y artística se convierten en medio y fin de esta prerrogativa. Obviamente la libertad de expresión siempre requerirá de condiciones sociales que la garanticen, como la paz, la legalidad y la tolerancia a la divergencia. De manera recíproca, su ejercicio abona a que esas mismas condiciones prevalezcan y a que las personas se sientan realizadas. Sin duda alguna, trabajar en favor de la libertad de expresión, y enseñar a nuestras niñas y niños a expresarse con verdad y sin violencia, es sembrar las semillas para una sociedad más democrática, pacífica y realizada.

 

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