Oaxaqueña ¿cúal es tu nombre?

Un hombre quisiera decir que no es cierto eso de que no hay nada como la mujer oaxaqueña; por orgullo, por rencor, por la tristeza que se lleva en la boca como la tierra árida de la mixteca. Uno quisiera desahogarse de ese polvo y decir: No, señora, usted miente. Pero no es posible. Quizá por eso he visto a tantos hombres en mi pueblo humedecer sus labios descarapelados con mezcal.

 
A mí también me los humedecieron, cuando era niño. Era la primera vez que viajaba a Oaxaca, y enfermé gravemente. Mi abuela cuido de mí, me sumergió en una tina llena de agua tibia y lavó mi cuerpo con un huevo, para ver si tenía mal de ojo. Mamá nos observaba quieta desde el sillón, con las manos reposando sobre su regazo, como quien habla con Dios en silencio. Yo sentía que me desfallecía, y que era yo quien entibiaba el agua. Mi abuela revisó mi frente con el dorso de su mano, mano cubierta por pellejo moreno y manchado, pero suave, que caía sobre mi frente como gota en la canícula. Acabado el baño, ambas me sacaron de la tina, me envolvieron en una cobija y me acostaron en el sofá. Fue entonces cuando mi abuela me humedeció los labios con mezcal, para ahuyentar las malas vibras.

 
Nunca entendí porqué mejor no me llevaron con un doctor; era absurdo y peligroso tenerme ahí envuelto todo afiebrado. Pero me alivié en un par de días. Y eso era un misterio. Lo que también se me hizo un misterio fue el día que partimos; ya en el avión, a punto de despegar, mamá comenzó a llorar. Lloraba escondiendo el rostro, mirando hacia la ventanilla. Mi padre se mantenía impasible, leyendo un periódico, hablándome de lo que haríamos de regreso en los Estados Unidos. Pero yo lo ignoraba, contemplaba a mi mamá. Parecía una planta mal transplantada, con las hojas decaídas, a punto de marchitarse. Tampoco entendí lo que hacía, cómo alguien puede llorar por un lugar, por una tierra.

 
Y sigo sin entender muchas cosas. ¿Qué sueña una oaxaqueña la noche antes de que borde flores sobre una blusa? ¿A qué llamado secreto responde cuando humedece sus pies en la costa, cuando se deja tostar la piel por el sol de los valles? ¿Qué ritual lleva acabo en el cerro mientras su marido se queda enclaustrado en una cantina maltrecha, con los ojos llorosos por el vapor del mezcal, tratando de comprender cómo las mujeres pueden enterrar a sus hijos y seguir rezándole a Dios entre tanta miseria? Matlacihua, Llorona, Martiniana… ¿son estos tus nombres, oaxaqueña?

 
Años después yo regresaría a Oaxaca, para quedarme. Aquel asombro de la infancia se fue disipando con ella, y no era más que un muchacho confundido en una tierra extraña. Me fui familiarizando con sus pueblos y su gente, poco a poco, pero no lo suficiente como para llamar a Oaxaca mi hogar. Mas, pasado un tiempo muerto, el asombro volvió. Conocí lo que se le llama destino, ese designio que proviene de otra parte, donde no alcanzamos a vislumbrar. Me enamoré de una oaxaqueña. Y de Oaxaca.

 
De eso ya hace muchos años. Ahora ha vuelto el tiempo muerto. Uno queda raído después de haber estado enamorado de una oaxaqueña; se deambula por callejones, penando, con el recuerdo en una mano y la soledad en la otra. Porque no hay dónde guardarlos. Y se vive con la ilusión de volver a encontrarse al menos con otra oaxaqueña parecida, una ilusión que desgasta aún más y que no llegará a realizarse porque no hay las suficientes.

 
Misterio, mi shunca, son un misterio, mi shunaxhi stine’. Podrías aliviar cualquier fiebre, y con un beso, sosegar el alma más que una copa de mezcal. Pero mezcal es lo único que nos resta a los hombres. Y ustedes lo saben, y por eso no se enojan con nosotros, sólo nos regañan como a niños chiquitos. Un día tú también serás abuela y escucharás una voz; hazle caso a esa voz, por favor, la voz de la oaxaqueña antigua, la que ha sobrevivido como las piedras de las ruinas. Pronuncia su nombre. Entonces, y sólo entonces, sabremos que perdurará y los hombres podremos morir en paz.

 
Mientras yo seguiré viendo las cuencas de la Matlacihua, oyendo los llantos de la Llorona, deseando el canto de la Martiniana.

Texto: Antonio Vásquez

Opt In Image
Suscríbete a OaxacaNuestro
Y únete a más de 3,000 #OaxacaLovers

Te enviaremos semanalmente un resumen con los artículos destacados, las mejores promociones y los listados más recientes que agreguemos al sitio.

Lo mejor de todo, ¡es gratis!

Deja una Respuesta