Fotografía: Toltecayotl

Atrás ha quedado Oaxaca, las Velas del Istmo y los manjares que una mujer de manos ágiles preparaba al calor de los braceros en el mercado de Juchitán. La recuerdo sonriente, preparando platillos que con voz cantarina ofrecía a todo aquel que viera pasar. Nunca le pregunté su nombre, me conquistó su sazón y poco me importaba si el ángel de esa cocina tenía nombre de mujer o deidad.

Cada que visitaba Juchitán, me daba por desayunar acompañada de esa mujer cuyos cabellos, negros como el azabache, se acomodaban en un chongo perfecto que nunca vi caer. En su puesto igual se vendía caldo o garnachas para desayunar. Entre su bracero dejé suspiros y sobresaltos, risas y preguntas pícaras de una amiga que quería saber la receta del “efectivo para amarrar”.

¡Ah! ¡Como extraño Juchitán! Extraño su mercado, lleno de vida, de colores, de sabores; de los mangos dulces que le gustan a la güera, de los huipiles que me gustaban para Ximena. Extraño pasar mis manos sobre el suave terciopelo y el satín, buscar entre colores y bordados, encontrar listones del color adecuado. Y preguntar a las marchantas, ¿cuánto el verde?, ¿cuánto el rojo?, ¿cuánto el bordado?

Extraño las garnachas de la 16 de septiembre, las del parque, las doce que un día me comí. Ya es mayo y no fui a ver a mi comadre, esa que me hilvané en una Vela, cuando bailamos hasta que nuestros pies se cansaron y la cerveza dejó de hacernos reír.

¡Como quisiera estar en Juchitán!, arreglándome las naguas, trenzándome el cabello, pintándome las chapas, buscando listones y escogiendo tacones para ir a la fiesta. Quisiera estar sentada en el mercado, escuchando las pláticas en zapoteco, en esa lengua mística que no entiendo pero que suena placentera, cargada de picardía y sentimiento.

Y como mi Dios es bueno, el primer día que pasé lejos del terruño comí garnachas en casa de “La Negrita”, una diosa que guisa delicioso y en la plática entreteje español y zapoteco. Mujer de tez morena y brazos fuertes que en medio de un departamento enciende carbón en un anafre y comienza a preparar tlayudas, garnachas y pollo garnachero, mientras su hijo llega con cartones de cerveza y comienza a ofrecer la traviesa bebida amarga que nos recuerda el calor juchiteco.

Aquel día, poco a poco, como llamados por el sentimiento; comenzamos a llenar el pequeño espacio y terminamos riendo, escuchando a los juchitecos decir “No somos istmeños, somos tecos”, mientras con orgullo hinchaban el pecho.

Y en medio de la alegría terminamos añorando las hamacas, el guiechachi oloroso, el parque, los mangos, los dulces, el camarón, la cuajada, ¡el totopo, güero!. Añorando Juchitán. La tierra de Henestroza y Toledo. El lugar de las mujeres bravías y el tercer género. Donde al ritmo de un buen son se va pasando el tiempo.

Por: Elizabeth Castro

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