Dicen que hubo un tiempo en que los hombres podían mover las montañas a voluntad, pero que cansado de ver como se obstruían caminos a capricho, Dios quitó ese poder a los humanos, tal vez por eso Oaxaca es tierra de montañas, porque nuestros ancestros las movieron a capricho y terminaron por acumularlas, por volverlas sierras indomables.
Sierras que nacen desde las entrañas y no conocen fin, sierras indómitas, transversales, majestuosas, sinuosas, hipnóticas y grandes. Para recorrer Oaxaca hay que atravesarlas, entre ellas se esconden caminos y brechas que han sido abiertas con esfuerzo, con sudor y con trabajo.
Las montañas de Oaxaca son preciosas, majestuosas, en ellas se encuentran pueblos, veredas, árboles gigantes, gente recia, gente que camina durante horas por caminos errantes, gente que asegura que entre esa tierra aún viven los nahuales.
Hundida entre los caminos de la Sierra Sur se halla una ciénaga, lugar mágico y sagrado a donde, cuentan las leyendas, acudían las madres con los hijos recién nacidos para presentarlos, para que la madre tierra, los espíritus y los antepasados los bendijeran y les diesen a quien sería su guardián durante su paso por el mundo humano.
Los nahuales son espíritus que habrán de proteger al recién nacido, cada persona nace con un protector y durante el ritual en la ciénaga el lazo entre ellos se afianza. El misticismo que rodea esta unión es de carácter inigualable, se cuenta que hay nahuales que son jaguares, gatos, cenzontles, panteras, águilas, leones, lobos, coyotes, en fin, las posibilidades son diversas y l espíritu determina el carácter del protegido.
Aunque todos poseemos un protector, no todos tenemos la misma capacidad para comunicarnos con nuestro nahual, mientras algunos ignoramos su existencia, existen quienes viven en tal armonía con su espíritu que llegan a transformarse en animales, adoptando la forma de su protector.
Es por ello que en la noche se escuchan ruidos extraños en la Sierra. Son los nahuales que andan caminando, algunos buscando hacer daño, algunos buscando combatir el mal y otros más jugando entre los árboles y escudriñando los secretos de la tierra.
Recorrer los caminos por la noche puede resultar una experiencia inigualable cuando ves cruzar sombras de aspecto misterioso y entre la maleza descubres un par de ojos brillantes, ¡No temas!, me decía una mujer que lleva toda la vida viviendo en La Soledad, no te harán daño, son los nahuales que salen por la noche, no los mires a los ojos, no son malos, déjalos, ellos siguen su camino, no te están buscando.
Cierto o no, la verdad es que la Sierra Sur sigue siendo una tierra de misterio, tierra de saurinos, de magia, de café, de agua pura y cristalina, de nubes que bajan a saludar y que con el paso de las horas se van alejando, tierra de una paz estremecedora y de un cielo estrellado. Entre sus recovecos vi ojos brillantes y sombras que cruzaban rápidas entre los árboles y los caminos, escuché murmullos e historias de nahuales que siguen vivos, historias de hombres a los que al morir les tocaban con un clavo la sien en busca de liberar su nahual y su espíritu.
No he vuelto a esa tierra de misticismo, pero hay días en que recuerdo a aquella mujer antigua como el olvido, que un día me contó que los nahuales son mágicos y eternos porque fueron hechos para protegernos, incluso, de nosotros mismos.

nahuales

Texto: Elizabeth Pérez Castro

Ilustración: Uriel Barragán (Bouler)

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