La Tía Lupe murió una fresca noche de abril, entre sus pertenencias dejó siete hijos, once nietos y un bisnieto. Un buen día sus ojos comenzaron a llenarse de olvido y sus cabellos se tornaron más blancos que las nubes con que adivinaba climas, desaciertos y a veces destinos.

Su funeral fue majestuoso, en medio de un patio de tierra cientos de personas se dieron cita para despedir a la que en vida fue mujer de andares lentos y sonrisa sincera, no cabíamos. Nos  sentamos afuera, a media calle, y como nadie perturba a los muertos, en aquel pueblo no hubo tiempo para discutir con los vecinos.

Y de repente, todo era fiesta, todos sonreían en medio del llanto que de tanto en tanto alcanzaba a colarse por los ojos, hubo música, la banda tocó durante horas, el pan, el chocolate y el mezcal corrieron caudalosamente entre las manos. Nadie temía, nadie se preguntaba por qué.  Estaba muerta y no había nada que lamentar, no había nada que hacer ante lo inevitable.

Así es la muerte, inevitable, segura, cierta, aprendemos a evocarla en medio de suspiros, en medio del llanto, la aceptamos, nos disfrazamos de catrinas, compramos figuras con forma de calaveras para los altares y ahí está ella.

Ella, mujer, ente ancestral y mitológico, ente femenino. Y como toda mujer es traicionera, no nos da tregua, vivimos con la certidumbre de que siempre nos acecha, vivimos sabiendo que en cualquier momento a capricho llega. Vivimos para morir y nos da temor perdernos entre las profundidades de sus ojos, que nos tome entre sus brazos y nos arrastre fuera de la fiesta que es la vida, temor que nos calle con sus labios y nos robe el alma con un gélido suspiro.

Miedo que nos arranque el corazón antes de haber amado, antes de haber vivido.  Pero es inevitable, para morir nacimos, para morir vivimos, a nosotros no nos mata esa mujer, a nosotros nos mata la vida. Ella es sólo el jardinero de los campos de un Dios que hace de cada alma una flor, ella es sólo el punto final de la mundana existencia, la antesala del polvo y la ceniza, punto inquebrantable del ciclo de la vida.

¿Temor? ¿A qué? Si entre sus abrazos hallaremos consuelo, si entre sus ojos jamás volveremos a vernos, si sus pasos guiarán nuestros pasos a la eternidad que nos prometió un Dios amoroso y festivo.

¿Llorar? ¿Por qué llorar? Si nos enseñaron que morir es seguir vivo, si crecimos con la certeza de que después de la muerte solo el paraíso.

¿Lamentar? ¿Qué lamentar? Sí después de muertos podremos amarnos más.

Por: Elizabeth Castro

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