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Leyenda: “La Matlacihua”

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El origen sobrenatural de muchos fenómenos que escapan a toda interpretación lógica, ha llegado a aceptarse colectivamente. Basta que los mismos sustenten su contenido en las entrañas de la tradición, para que creamos en ellos a pies juntillas. Tal certidumbre nos lleva a conseguir la historia de la Matlacihua: ente diabólico con apariencia de mujer que, a altas horas de la noche, aparece a los deambuladores y enamorados, atrayéndoles con las redes de sus encantos para después castrarlos y abandonarlos en algún despoblado o en la tenebrosa lobreguez de algún barranco.

La veracidad de esta historia corre entre los vecinos de la lejana villa de Talea de Castro, donde se dice que sucedieron los hechos. Seco y encanijado, Chema León, protagonista de lo sucedido, iba envuelto siempre en la cobija, como si un frio intenso y continuo lo amortajara. Paseaba a solas por las calles tortuosas del poblado, rumiando la pesadumbre que le dejó en recuerdo su aventura con la Matlacihua.

No quedaba ya ni sombra de aquel garrido mozo de otros tiempos, una especie de Don Juan indígena, no mal parecido y no escaso en mañas para rendir fácilmente corazones y voluntades de las doncellas, en la penumbra propicia de los cafetales, sin reparar jamás sus honras. Nunca podría haber imaginado ese mozo la deplorable condición a que habría de reducirlo su atrevimiento. Ello aconteció en la noche que sigue al día de la Asunción, en aquel tiempo en que administraban los señores Jefes Políticos y Chema León desempeñaba el cargo de “topil” en el ayuntamiento. Poco después del mediodía se había recibido en Talea un comunicado de urgente del Jefe Político de Villa Alta. El comunicado debía hacerse llegar a las autoridades municipales de San Juan Yaée. Chema León fue el encardado de llevarlo.

Tomó su jorongo y se lanzó cuesta arriba. Contra los cálculos que había hecho, el regreso lo hizo ya tarde, pues la espera de la respuesta en el Ayuntamiento, la obsequiosidad de los amigos y el espectáculo de la feria, alargaron su permanencia en Yaée. Así, a las once de la noche Chema León todavía trotaba por el camino solitario, bañado por la luz azulosa de la luna.

Llegaba ya a las primeras casa de la villa cuando, al volver un recodo, percibió a un lado del camino, sentada sobre una piedra, la silueta de una mujer. Vestía de largo, toda de blanco, y lucía una abundante cabellera que cubría su espalda. Al paso de Chema, la mujer procuró sustraer el rostro a la mirada inquisitiva del mensajero.

Chema León quedó intrigado. ¿Quién podía ser a tales horas? Se detuvo, indeciso. No sabía si acercarse o proseguir su camino cuando la mujer volteó hacia él su rostro con una risa explosiva:

-¡Jaa…Jaaa…ja! ¿No me reconoces, José María?
-¡Cómo! ¿Eres tú, Petrona? ¿Qué andas haciendo por aquí?
-Vine a traer leña. Mi padrino tiene gasto en su casa y tengo que ayudarlo. ¿Me acompañas?
-¿Leña? Pero… ¿A estas horas?
-¡Cómo que a estas horas!… ¿Dónde te has metido, pues, para o darte cuenta que estamos ya en la madrugada?
-¡La madrugada!… ¿sería posible? ¿A tal grado lo habían perturbado las tres jícaras de tepache que se había tomado en Yaée? El canto estridente de un gallo, desde una casa próxima, pareció corroborar aquella afirmación. Sin embargo, estaba seguro de que a lo asumo serían las doce de la noche. ¡Qué extraño! Además, el canto de aquel gallo no vibraba con la jubilosa exultación de quien anuncia un nuevo día, tenía algo de siniestro. Su estridencia percutía como si fuese a hoja de un puñal rasgando las entrañas de aquel silencio.

Accediendo a las insinuaciones de Petrona, y con los pecaminosos pensamientos de esa oportunidad tanto tiempo deseada, Chema León echó andar detrás de ella hasta internarse adentro, muy adentro, en el monte. Ya en el fondo de un tupido breñal rodeado por hoscos y agresivos peñascos, la engañosa apariencia de Petrona –inasible por más que la había perseguido para lograr sus lúbricos deseos- de repente cobró la satánica belleza de su forma real, saltando una risa diabólica y dejando entrever, bajo la falda ligeramente arremangada, sus patas de guajalote.
Aterrorizado, quiso huir, pero en el pánico las piernas se resistían a todo movimiento.

Quiso gritar, demandar ayuda, pero sólo pudo borbotar un ronco e inarticulado gurguiteo.

Tras un poderoso esfuerzo para sobreponerse pudo lanzar un entrecortado -¡Jesús me ampare!- y comenzó a tartamudear un viejo salmo bíblico:
-¡El señooor… es…. La…forta…le…zaaa… mía…!
Nuevamente el terror le oprimió la garganta, impidiéndole continuar, Frente a él, la maléfica aparición reía. Se mofaba de su imposibilidad para proseguir las oraciones:
-¡No sabes rezar José María!… ¡Joo…jooo… joooo! Mira yo sé la oración mejor que tú: “El señor es la fortaleza mía y el objetivo de todas mis alabanzas… Porque él ha sido mi salvador…”…Jiii…jiii…jiii!

La risa de la mujer resonaba multiplicada en la tétrica soledad de aquel paraje. Tal fue el pánico de Chema ante su eco estridente, y ante la ineficiencia de su rezo, que cayó sin sentido, en los instantes en que las primeras luces del alba ahuyentaban la maléfica presencia.

Algunas horas después, dos mujeres que se habían internado en aquellos parajes en busca de unas yerbas para infusión, descubrieron desvanecido al “topil” e informaron las autoridades de su hallazgo. Las autoridades procedieron a trasladarlo al pueblo, donde Chema León vivió rumiando, por el resto de sus días, su encuentro terrible con la Matlacihua.

REFERENCIA
Bradomín, J.M. (2004). Mito y magia Oaxaca pasado y presente. Oaxaca: Palo Alto Cultural Center.

Tómado de: Primero conoce tu ciudad.

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