Rómulo Jiménez Celaya / Cronista Municipal de Tehuantepec

Los años pasan, las tradiciones algunas se van perdiendo y nacen otras, lo que ahora funciona por obligatoriedad de la novedad, mañana será solo tema para el recuerdo. Y es que mi generación no contó con lo que tienen los niños del presente: la computadora con todas sus herramientas; el teléfono celular; el reproductor de música; la tableta electrónica; televisión por cable y aquí le paro pues día a día estos aparatos se van innovando a una velocidad vertiginosa.

De la televisión solo recuerdo en la década de los setentas que uno se tenía que apurar a realizar sus tareas escolares y en ayudar a mamá con los quehaceres de la casa, para que ya entrada la tarde, nos dieran permiso para ir a la casa de la señora Coti a ver la televisión, y así no perdernos las transmisiones del canal trece: Doña Bárbara, Canaima; Ojo de Alcón. Y es que la persona que tenía una televisión en ese entonces era porque contaba con una buena solvencia económica. Recuerdo.

Los juguetes que nos entretenían en esos años de los setentas y ochentas eran baratos, y si papá y mamá no tenían para comprarlos, los reinventábamos con la habilidad que posee la imaginación: el trompo, el balero, el yoyo, el zumbador, el tira palito, el papalote, cinco piedritas, la resortera, y una larga lista de juguetes infantiles. Recuerdo que lo que más nos gustaba a los niños de los setentas y ochentas eran los días del mes de diciembre.

Cómo no recordar la Rama, las posadas, la Noche Buena y Navidad, el Año Nuevo y el Día de Reyes. Con estas celebraciones venía aparejada la Feria o como la conocían los abuelos: “juegos mecánicos”. Por estos días también aparecía la venta de los fuegos artificiales, comúnmente conocidos como “Cuetitos”. Recordemos.

Antes que se inventaran las “pre-posadas”, recuerdo que nuestra infancia despertaba al mes festivo como por el día 8 de diciembre, día en que se celebra a la Purísima Concepción. Ya en ese entonces nos reuníamos para ensayar los versos de la Rama y las niñas, conjuntamente con la rezadora y los músicos, ensayaban para la Posada.

Cuando llegaba el 12 de diciembre, día en que se conmemora la aparición de la morenita del Tepeyac, era hermoso ver como nuestra Fe abarrotaba de gente a Catedral. Hoy en día ha bajado de intensidad las visitas, pero hasta ahora los padres continúan vistiendo a sus hijos de “vallisto” para seguir visitando a la Virgen. Tratando de imitar la vestimenta de Juan Diego: Los niños de camisa y pantalón de manta, con sombrero de palma (Guidibanda´), guarache (Guelaguidi), bastón y guacalito, llevando sobre éste, el heno (guichi niñu), y colgando de hilos amarrados al guacal, cacahuates, cebollines, tejocotes, entre otras cosas, sin faltar el tinte negro para pintarles el bigote.

Las niñas con su chal sobre su cabeza o sobre sus hombros, son vestidas con un huipilito de manta modestamente bordada y una faldita a rayas que trata de imitar el enredo mesoamericano; llevan accesorios como son los collares y pulseras de piedras semipreciosas o sintéticas. Usan guaraches y sobre su antebrazo sostienen una canastita la cual se acondiciona de la misma forma que el guacalito, nada más que de esta canastita también cuelgan ollitas, sartencitos, jarritos, pueden ser de hojalata o de barro. Ya es común ver que el maquillaje se utilice en las niñas cuando las visten de vallistitas.

El día 16 de diciembre recuerdo que iniciaba el receso escolar pero también iniciaban las Posadas y la Rama, estas tradiciones terminaban el día 24 de diciembre. Recordemos como salíamos a cantar la Rama. “Salir a la Rama”.
Ya está por demás mencionar que la tradición de la Rama nos llegó de Veracruz, no obstante esto, nosotros la tomamos, la reinventamos y la hicimos nuestra. También es cierto que cada generación tiene su propia versión de la Rama en Tehuantepec. Aquí la nuestra, sin pretender contrapuntear las otras versiones.

Antes de “salir a la Rama” nos reuníamos en la casa del que nos “elegía” o nos “buscaba” para ensayar los versos. Por lo general éramos entre cinco y siete integrantes, niños de entre ocho y trece años de edad. Como no teníamos dinero para comprar los instrumentos musicales, cada quien confeccionaba el suyo.
Sonaja: Se buscaba un morro seco y por un huego que le hacíamos, lo vaciábamos y le introducíamos piedritas de rio para después tapar el hoyo con cera. También se hacía con una lata a la cual le metíamos piedrecitas y después aplastábamos la parte abierta para que las piedrecitas no se salieran.

Pandero: se elaboraba aplastando corcholatas con una piedra de río y con un clavo les hacíamos un orificio en el centro, por esta perforación pasábamos la punta de un alambre recocido, para que al final termináramos uniendo las dos puntas de dicho alambre.
Clave: se obtenían cortando trozos de 15 centímetros de un palo de la escoba de palma. En ocasiones se utilizaban dos piedras de rio, que fueran redondas y del tamaño de un puño chico.

Güiro: Para esto se utilizaba el envase de cristal del refresco “fanta”, por su diseño que hasta ahora tiene, se asemeja a un güiro, y cuando es raspado con un palito, éste produce un sonido semejante al que origina el güiro.
Tambor: se utilizaba una lata a la cual adaptábamos un mecate de ixtle y lo colgábamos de nuestro cuello, de esta forma se nos facilitaba arrancarle el sonido con una o dos baquetas echas de palo de escoba.

Recuerdo que para elaborar nuestra Rama se cortaba un bracito del árbol de sauce, el cual adornábamos con serpentinas, heno (guichi niñu) y fabricábamos una casita, la cual poseía sus ventanas y puerta, y en el centro un orificio en donde se introducía una veladora encendida. Anteriormente en el interior de esta casita se colocaba una imagen chiquita del Niño Dios. Llega a mi memoria que para armar la casita utilizábamos la cajita de cartón en donde venían empaquetadas las galletas María.

Cada vez que las hojas de la rama de sauce se secaban, teníamos que sustituir la rama por otra rama fresca. Algunos niños para evitar este contratiempo cortaban una rama del árbol de guiriziña o del árbol de morro y las deshojaban. Se pintaba la rama con cal y la adornaban con serpentina, guichi niñu, globos, Algunos llevaban la casita y otro ya no, se usaban faroles y gusanillos colgantes, los cuales se elaboraban con papel metálico (aluminio plisado), de doble vista, de color rojo, azul y blanco y amarillo.

La hora para salir a la Rama era entre las cuatro y cinco de la tarde y terminaba entre las siete u ocho de la noche. El dinero que se recolectaba en un bote el cual estaba sellado y con una rajadura en el centro de la tapadera, bien se podía repartir cada noche o bien se guardaba para repartirse hasta el día 24 de diciembre. Al que le tocaba más dinero era al que se vestía de “vieja”. Recuerdo que todos nos vestíamos de ordinario: playera, pantalón o short, algunos con sandalias otros descalzos, y el niño que se vestía de vieja usaba un huipil de listones o de costura, una rabona, un chal para colocárselo en la cabeza y cubrirse el rostro. Este niño siempre iba descalzo.

Anteriormente no había mucha delincuencia pues la puerta de las casas estaban abiertas de par en par, era cuando parados en el umbral de la puerta le preguntábamos a la gente “¿Cantamos la Rama?” y si nos respondían que si entonces entrabamos a la casa y nos poníamos a cantar:

“Ya llego la Rama/ quítense el sombrero/ porque en esta casa vive un caballero/ vive un caballero, vive un general/ pedimos licencia para comenzar.
Estribillo: “Naranjas y limas / limas y limones / más linda es la virgen / que todas las flores…”
Luego comenzaba la primera de dos rondas de versos. Cada niño se tenía que aprender por los menos 20 versos para irlas cambiando en cada actuación. Los temas eran dos: dedicado a lo sacro y a lo chusco, se inventaban versos al Niño Dios pero también a personas muy conocidas, las cuales arrancaban grandes carcajadas a los que nos escuchaban.

Mientras que el niño que cargaba la rama, el viejo y la vieja bailaban, los demás niños cantaban:
“En un jacalito/ de cal y arena / nació el niño Dios/ por la noche Buena…”
Estribillo: “Naranjas y limas / limas y limones / más linda es la virgen / que todas las flores…”
“Arriba del cerro tiraron basura / no se dieron cuenta que fue Chofi Ntura…”
Estribillo: “Naranjas y limas / limas y limones / más linda es la virgen / que todas las flores…”

Al terminar de cantar la gente introducía unas monedas a la latita que a veces lo traía el que cargaba la Rama o bien, el viejo o la vieja. Según la remuneración a nuestro canto nos despedíamos cantando mientras que salíamos de la casa: “ya se va la Rama / muy agradecida / porque en esta casa / fue bien recibida…” Y cuando se veía que la paga era pobre se cantaba para que los demás vecinos se enteraran: “ya se va la Rama / muy desconsolada / porque en esta casa / no le dieron nada…”

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