Por: Vázquez Villalobos

De acuerdo con cifras presentadas por la Asociación Mundial de Turismo Religioso, más de 300 millones de personas viajan anualmente por motivos religiosos. La Secretaría de Turismo federal señala que esta afluencia mundial representa una derrama económica de más de 18 mil millones de dólares.

 

En México, los números muestran una tendencia similar: año con año 30 millones de personas realizan visitas a lugares de culto, fundamentalmente católicos. La Basílica de Guadalupe, en la ciudad de México, recibe la máxima afluencia en el país, con una cifra aproximada de 15 millones de personas anuales. Otros santuarios del país presentan así mismo altas afluencias, como San Juan de los Lagos, Jalisco, con siete millones de peregrinos anuales; Fresnillo, Zacatecas, principal santuario del Santo Niño de Atocha, que recibe aproximadamente 2.5 millones de peregrinos, al igual que el Cristo Rey de Guanajuato; Chalma, en el Estado de México; Zapopan, Jalisco, y el santuario de la virgen de Juquila, en Santa Catarina Juquila, aquí en Oaxaca, registran afluencias de 2 millones de peregrinos anuales.

 

Estas cifras evidencian la importancia de este segmento turístico, que se distingue de cualquier otro porque el turista es movido, por lo menos en principio, por una razón cuyo peso humano va más allá del simple esparcimiento: la fe. Por supuesto, el propio concepto del turismo religioso lo sitúa por definición como un modelo de negocio, pero, también por definición, el turismo debe ser desarrollado y aprovechado como herramienta de progreso social y humano.

 

Particularmente en el caso de Juquila, sería inocente querer plantear, desde una perspectiva externa o interna, que el esquema de productos y servicios que desde hace más de medio siglo impera no se fundamenta estrictamente en el comercio de la fe.  Pero persiste un antiguo misterio referente a la derrama económica, pues además del gasto que esos millones de peregrinos realizan directamente en la comunidad —por no hablar del efectuado durante el trayecto— los ingresos recibidos por concepto de limosnas, donaciones y otros muchos rubros constituyen una verdadera fortuna que no se ve reflejada en este destino.

 

Existen tres elementos o componentes que, a lo largo de los años, al contrario de lo que por lo menos nominalmente debería ser su razón de ser, han determinado el no-desarrollo y la actual situación del santuario oaxaqueño más importante: las autoridades municipales, las eclesiásticas y las comunales. Esta tríada, o mejor: esta trinidad —para no aludir a la mafia china— opera sobre un sistema demasiado común en nuestros días: exprimir a la gallina de los huevos de oro.

 

Pese al enorme ingreso —bastante más de treinta monedas de plata— obtenido por esta trinidad bajo infinidad de rubros, en Juquila, uno de los cinco principales destinos turísticos de nuestro estado, siguen imperando el desorden, la anarquía y la opacidad: la traza de las calles, el crecimiento urbano, el comercio, la prestación de servicios tanto municipales como turísticos, el impacto ambiental, la seguridad para los turistas y los propios habitantes… en fin. Muchos dicen que la mejor prueba de la fe de los peregrinos es su voluntad de visitar el santuario pese al viacrucis de molestias, obstáculos, inconveniencias y dificultades que enfrentan cada vez, y tal vez sea broma, pero cuando uno se interna en el intrincado laberinto de las calles de Juquila buscando un sitio dónde hospedarse, comer, estacionarse, ir al baño, y peor, cuando al fin los encuentra, la impresión es precisamente de estar ofreciendo una penitencia, y una grande.

 

Desde una perspectiva realista, resulta evidente que en Juquila no ha habido una verdadera intención de retribuir —o de redistribuir— a la comunidad las ingentes ganancias del comercio de la fe, sino al contrario: parece ser que, para la mayoría, como reza el refrán, sólo se trata de llevar agua a su molino.

 

Se entiende que quienes detentan el control sobre los principales focos sociales, turísticos y económicos del santuario —el templo, la localidad propiamente dicha, y El Pedimento—, y por tanto sobre las ganancias que cada uno genera, no estén interesados en que alguien meta las narices, y mucho menos las manos, en sus dineros y en la nada despreciable cuota de poder que éstos representan, pero no tiene sentido que una economía pujante como la de Santa Catarina Juquila siga todavía supeditando su desarrollo social y humano a los (pocos) recursos que el estado o la federación le brinden, cuando en demasiadas ocasiones sólo es cuestión de reestructurar de manera ordenada, coherente y ética los recursos propios para beneficiar de un modo integral —empleo, educación, salud, vivienda digna, etc.— a los habitantes no sólo de la cabecera sino de todo el territorio municipal.

 

No se requiere para ello intervención divina o un milagro, ni se plantea, obviamente, la expulsión de los mercaderes de este espacio de fervor —que sería improductivo y además generaría altas posibilidades de resultar crucificado—, sino únicamente concertar estrategias para una genuina labor coordinada entre todos los involucrados, que permita que el aporte monetario de los peregrinos sea destinado a propósitos tal vez un poco menos nobles que la salvación de sus almas pero sí bastante más necesarios para la zona, tan aquejada por problemáticas muy terrenales.

 

Temas de alta prioridad son los referidos al ordenamiento urbano y de construcción, instauración de altos estándares de servicio, regulación de permisos, definición y delimitación de espacios, implementación de medidas de cuidado ambiental, diversificación de la oferta, así como proyectos productivos que a partir de los recursos que el destino genera puedan incidir favorablemente en otros ámbitos distintos al turístico. Especialmente, se requiere aplicar acciones encaminadas a integrar de manera sustentable el flujo de peregrinos provenientes de Juquila a la Ruta de la Costa, no sólo para proveer servicios suficientes y de alta calidad sino particularmente para minimizar el impacto ambiental que dicho flujo puede originar.

 

Un corolario a esto es que Juquila —al igual que la mayoría de nuestros destinos turísticos— es muestra de que en Oaxaca no se ha aplicado, en el turismo ni en los demás sectores, una dinámica de excelencia, de implantar estándares de alta calidad no sólo en la oferta turística sino en la vida de las comunidades. En este contexto, es imperativo aprovechar iniciativas como el Programa para el Desarrollo del Turismo Religioso, que recientemente impulsa la Secretaría de Turismo federal, para generar esquemas de trabajo conjunto que permitan que la experiencia del visitante sea gozosa y no dolorosa, motivándolo a revivirla, si no a los tres días, por lo menos en el siguiente período vacacional y, por supuesto, a difundir la palabra: Juquila.

 

Así sea.

 

 

vazquez.villalobos@outlook.com

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