Por: Paulina Cruz

“Ya se siente el frío de muertos” solemos decir los oaxaqueños para hacer alusión al inicio de una de las estaciones más esperadas del año: el otoño. Los vientos fríos, el polvo, las hojas secas que se enredan entre los cabellos, y los tenues rayos del sol, le dan a nuestro entorno un aspecto mágico y misterioso que conjunta tan bien con una de las tradiciones más gozadas en esta época en Oaxaca: los días de muertos o todos santos.

La ubicación geográfica en los Valles Centrales es tan bondadosa que nos permite a capitalinos, oaxaqueños de los alrededores y visitantes, poder disfrutar distintas experiencias en Todos Santos a pocos minutos de la ciudad.

Por ejemplo, desde meses anteriores, en las comunidades de los valles de Etla, Tlacolula y Ocotlán, las familias acostumbran sembrar sus terrenos de productos de la temporada para que, al llegar la víspera de los días de muertos, puedan llevar su mercancía a vender a los mercados tradicionales. Es así como a partir de la tercera semana de octubre es posible admirar los campos llenos de jícamas, flores de borla o cresta de gallo y, por supuesto, de las resplandecientes cempasúchitl, listas para ser cosechadas y adornar los altares. Sin embargo, el paisaje por sí mismo de las tierras oaxaqueñas es un gran tesoro, incluso digno de poder ser inmortalizado en una pintura o fotografía. San Agustín Etla, Villa de Etla, Ocotlán, San Antonino Castillo Velasco, Tlacolula de Matamoros y Zaachila, son algunos de los lugares donde podrás descubrir estos maravillosos campos a menos de una hora de la ciudad de Oaxaca.

Una vez ya cosechados los productos del campo, comienzan las compras de los insumos que adornarán los altares; los pasillos en los mercados se inundan de una mezcla de olores, texturas, colores y sabores que no son los mismos el resto del año. Mientras en un puesto puedes percibir el ancestral olor a copal, en otro podrás sentir la textura de los cacahuates, y en el área de los molinos oír que las moliendas de chocolate se están preparando al gusto del cliente; de igual forma por los pasillos del pan sentirás un arropo cálido de los focos que mantienen conservadas estas ricas metáforas de los muertos; tu pupila se deleitará de aquellos puestos que te ofrecen decoraciones como el papel picado, figuras creativas de cartón y barro con gran cantidad de colores; y quizás, si caminas un poco más, encontrarás quien te dé una pequeña degustación de mezcal. De esta forma, pasearse por nuestros mercados es uno de esos pequeños placeres de la vida que despiertan todos los sentidos y le dan texturas, olores, colores y sabores a nuestros recuerdos que hagamos en estas fechas.  Si estás buscando dónde vivir esta experiencia, prácticamente en cualquier mercado tradicional podrás encontrarla, sin embargo te recomendamos el mercado Benito Juárez, 20 de Noviembre, De Abastos y los de las comunidades de los valles centrales.

Es difícil definir cómo deben ser montados los altares de muertos, puesto que cada familia y negocio los coloca y adorna de tal forma que sus recursos le permitan. La gran diversidad cultural que existe en Oaxaca también hace que difieran los altares dependiendo de las regiones, pues no contendrá lo mismo un altar de la Sierra Norte a uno del Istmo de Tehuantepec, los productos endémicos, las artesanías y su gastronomía son distintas. Sin embargo, el objetivo final de dar ofrenda y recordar a algún ser querido fallecido es cumplido. Además, esta actividad más allá de los simbolismos es una gran oportunidad de convivir y cooperar con la familia, con los y las compañeras de trabajo y la escuela, y con la comunidad. Por ello te invitamos a continuar con esta tradición, además de visitar aquellos altares que son públicos, como aquellos que en distintos espacios del centro histórico de la Ciudad de Oaxaca no pueden faltar.

La visita a los panteones es otra de las tradiciones en los días de muertos. En ellas, las familias acostumbran llevar flores, velas, comida y música para sus seres queridos fallecidos con el afán de recordarlos y sentir que una vez más ellos están entre nosotros. Incluso, en algunos panteones es común que las familias se queden a dormir o a platicar de cómo era su pariente, qué le gustaba, contar anécdotas, leyendas, entre otras cosas. De igual forma, en los panteones es común que se impartan misas, una de las expresiones de lo que la evangelización nos dejó desde la época de la conquista. Encontrarse una vez más en un espacio que para muchos podría ser un lugar triste, pero con personas que platican alegremente y ríen, recrea un alivio en el alma, una reconciliación con aquello que creímos perdido: la vida. Cada familia irá donde sus seres queridos hayan sido sepultados, sin embargo es de reconocer que panteones como los de Xoxocotlán, Santa María Atzompa y el panteón general San Miguel (cerrado este año) resaltan por su colorido, por la concurrencia de las familias y el ambiente.

Por supuesto, no podemos olvidar las comparsas y las muerteadas en estas fechas, nadie puede asegurar haber vivido los días de muertos en Oaxaca si no se disfrazó o asistió a una de ellas. Las comparsas son conglomeraciones de personas que ponen su creatividad y entusiasmo en disfraces que presumen y pasean calle por calle de una colonia o municipio, tocando las puertas de las casas para pedir ofrenda y bailando al compás de la banda que pone el ambiente festivo por donde vayan. Por su parte, las muerteadas son características de las comunidades del valle de Etla, son comparsas más grandes que incluyen otras actividades como la dramatización de vivencias cotidianas en las colonias e historias de personajes como la viuda, la muerte, el viejo, el diablo, entre otros; los trajes suelen ser más tradicionales, y no es nada raro que culminen a altas horas de la madrugada usualmente en los panteones. En ambos casos, el mezcal es la bebida por excelencia, que resalta la algarabía y de paso nos hace olvidarnos del frío.

Finalmente, es bien sabido que Oaxaca, ciudad y Estado, es reconocida por su diversa gastronomía, y sin duda alguna en temporada de Todos Santos la sazón de las y los cocineros hace un paraíso para los paladares. Entre los manjares preferidos están la diversidad de panes de distintos decorados, el chocolate de agua y leche, los moles, la calabaza y tejocotes en dulce, los frutos de la temporada como la mandarina y la jícama, entre muchos otros.

Es una gran fortuna que en la actualidad sigamos preservando el simbolismo y la esencia de nuestra cultura prehispánica y mestiza a través de actividades tradicionales, las cuales nos dan la oportunidad no sólo de encontrarnos con nuestros ancestros y honrarlos con el recuerdo, sino también de convivir con los vivos, estrechar los lazos con familiares, amigos, conocidos, visitantes, y reconocernos mutuamente.

 

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