Por: Mtro. Juan Antonio Gómez Cárdenas.

Existen grupos y comunidades indígenas, muy numerosos en las diferentes regiones de nuestro país pero particularmente en el estado de Oaxaca, que no participan activamente en la economía nacional, ni contribuyen al desarrollo sostenido, ni mucho menos reciben de ella más que migajas y desechos y no tienen a su alcance algún instrumento o herramienta para elevar sus más elementales condiciones y calidad de vida.

 

Durante años los hemos visto ser víctimas de miseria, abusos, engaños y explotación, los cuales los han sumido en la ignorancia y el rezago social, pues hasta los distinguimos y los nombramos despectivamente como yopes, en algunos casos se escucha decir a los jóvenes en forma ofensiva ¡estas bien triqui!; y hay quienes distinguen entre indios y gente de razón.

¿Cuántos documentos se han escrito sobre la pena, el desconsuelo, la amargura y la desdicha del indio? Sobre su silencio y su alma impenetrable, se ha prevenido sin embargo que la tristeza y desolación no es sino el resultado de la ignorancia,  la desnutrición y la miseria. Las condiciones de vida de gran parte de los habitantes de nuestro país pero principalmente en nuestro estado son todavía indignas de los seres humanos. Una triste, cruel y dolorosa verdad que aparece como una marca acusatoria sobre todos los programas institucionales de redención y desarrollo popular.

 

Desde 1988 hasta 2017 los rebautizados “programas sociales” han fracasado rotundamente en disminuir las condiciones de pobreza y vulnerabilidad en que viven nuestros hermanos indígenas en muchos rincones del país.

Quizás la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) ha sido la instancia que más ha propiciado la mejora en las condiciones de vida de nuestros hermanos indígenas a través del “turismo alternativo”; del 2000 al 2010 la Sierra Norte de Oaxaca (comercialmente) o Sierra Juárez (históricamente) fue beneficiaría del entonces Programa de Turismo Alternativo en Zonas Indígenas (PTAZI), a través del cual le fue sembrada infraestructura básica (cabañas) y complementaria (comedores) para reactivar las zonas indígenas, que a través de los recursos naturales con los cuales los bendijo la madre tierra, ofrecían una nueva oportunidad de generar encadenamientos productivos a través de la industria de los viajes. De manera simultánea la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR) operó el programa Pro-árbol; derivado de estas acciones los indígenas tuvieron a su alcance una nueva área de oportunidad; sin embargo, hoy estos programas ya no existen.

 

Muchas veces en la promoción de la cultura y el turismo que se efectúa a lo largo y ancho de nuestro país y más allá de nuestras fronteras, se ha querido ver en el indígena un elemento decorativo, pintoresco, y de folklore, un artesano primitivo solamente, una rareza elemental que se encuentra en peligro de extinción. Incluso nos sorprende ver las imágenes proyectadas de nuestra herencia prehispánica y a sus protagonistas los indígenas que muchas de las veces no obtienen beneficio  alguno de esta actividad; una gran contradicción.

La imaginación que estas personas reflejan en cada una de sus creaciones alberga técnicas sumamente complejas, pero, si nuestra admiración por sus aportes a la cultura y el patrimonio tangible e intangible de nuestro país y nuestro estado, es tal; ¿por qué despreciar entonces esta fuente de iluminación humana? ¿Por qué no ayudarlos, capacitarlos, auxiliarlos para que alcancen un desarrollo óptimo regional?

 

Hace algún tiempo se polemizó en medios y redes sociales, el hecho de que Isabel Marant, diseñadora de origen francés, había plagiado los diseños de la blusa representativa de Santa  María Tlahuiltoltepec de la región Mixe, diversos actores sociales de nuestro país y de nuestro estado se mostraron indignados ante este hecho que perjudicaba a nuestros artesanos indígenas y a los productos textiles de les dan identidad desde hace más de 600 años; sin embargo, ¿cuántos de los que alzaron la voz , visten con orgullo estas prendas a diario?,  ¿cuántos no se sienten avergonzados de vestirlas?; entendiendo que para ser críticos debemos primero ser autocríticos.

El Mtro. Jorge Chávez de la Peña[1] mencionó en alguna ocasión “La multiculturalidad y diversidad en nuestros pueblos es motivo de orgullo y a la vez la razón de lo mismo que padecemos”. Queda de manifiesto que nuestros indígenas tienen muy clara su lengua, tradiciones y costumbres lo que les da testimonio del orgullo de su identidad, y por lo tanto el rechazo a aceptar nuevas formas de vida que atentan contra su cultura y universo.

 

Hace unos días en nuestra ciudad capital y con motivo de la celebración de su 485 aniversario se llevó a cabo el “Primer encuentro de cocineras tradicionales”, evento en el que nos estábamos quedando desfasados respecto a otros destinos como: Morelia (que por cierto presenta dos encuentros al año), Tlaxcala, Mérida y Guanajuato; afortunadamente las actuales autoridades de Oaxaca de Juárez cobijaron este proyecto y se ha cristalizado con muy buenos resultados en beneficio de nuestra gastronomía, para su preservación y el reconocimiento de nuestra herencia gastronómica.

Estos tiempos de crisis en los que Mr. Trump reniega de nuestro origen, son una gran oportunidad para el resurgimiento de nuestro nacionalismo puro, debemos incorporar al indígena a la economía mexicana, para aprovechar su mente y sus brazos, pero sobre todo para darle la oportunidad que lo ayude a mejorar sus condiciones de vida.

 

 

 

[1] Chavez, Jorge (Diversidad cultural y ecoturismo) Editorial Trillas 2015.

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