Eran cuatro corazones rotos en la misma mesa, eran años de tristeza, años de amor inmerecido, años  de amor del bueno, de ese que cala, de ese que besa, del que no se acaba, del que mata de a “deveras”.

 

Las copas rebosaban de mezcal y de tanto en tanto se acompañaban de cervezas, las calles de Oaxaca están llenas de suspiros, de juramentos y por dioses que no regresan. Cuando las conocí tenían un hombre clavado en el corazón y cada una de ellas llevaba una cruz a cuestas.

 

No digo en que lugares dejamos la vergüenza, cantamos con todo el dolor que teníamos dentro, fuimos felices, reímos hasta el cansancio, los maldecimos y juramos, juramos que no había vuelta atrás, juramos que aquí no había puntos suspensivos, ni perdones, ni lamentos que valieran. Era mentira, de tanto en tanto una de nosotras volvía a por su veneno, a por ese amor que le calaba los huesos.

 

Oaxaca es tierra de amores recios, fuertes, duraderos, de esos que alcanzan la muerte y se vuelven eternos, lo traemos en la sangre, nuestra historia nos habla de un amor guerrero, de un amor infinito y fiero.

 

Donají amó y fue amada, entregó su vida y entregó su alma, tal vez por eso las oaxaqueñas somos tan entregadas, tan aferradas, tan creyentes y tan amadas, no hay quien no se quede prendado de una istmeña, de una costeña, de una mixteca, de una tuxtepecana, de una serrana, de una china, de una mujer guapa.

 

Las mujeres de Oaxaca somos como ninguna, de ojos grandes y miranda profunda, de andar cadencioso y cabello oscuro, de temple y garbo, de porte y premura, somos bellas, mujeres hechas de barro y que vienen de la tierra. Amamos con fiereza, con entrega, con la certidumbre de que nuestro Dios habrá de traernos un amor que nos merezca.

 

Enamoramos con una sonrisa y hechizamos con una mirada, nos prendamos con suspiros y amarramos con el alma. Dicen que tenemos toloache en los labios, yo digo que es algo más enigmático que la magia, algo que no alcanza a describirse y sin embargo existe, algo que existe y por eso traspasa.

 

Y traspasa de tal modo que aún en la distancia se añoran los brazos, los abrazos, los besos y las miradas, enamorarse de una oaxaqueña es arriesgarse a perderlo todo, corazón y alma. Olvidarla es tarea casi imposible, calvario y desconsuelo.

 

Lo intentan, pero en esta tierra de magia, tenemos buen remedio, una veladora, un “no me olvides”, unas flores que se entierran y a veces soplamos vasos con agua, soplamos con amor y con esperanza, para que regrese, para que se acuerde, para que sufra un poco, para que sufra mucho y a veces para que se vaya.

 

Amamos con intensidad y con intensidad olvidamos, porque nacimos para ser amadas, para ser queridas, para ser todo, porque aquí es todo o nada y a veces puntos intermedios que siempre van cargados de esperanza.

 

Ya han pasado algunos años desde los tiempos en que cantábamos las nostalgias, cada quien olvidó su olvido y recuperó su alma, pero si las calles de Oaxaca hablaran, dirían que nadie cumplió sus promesas, que hay cientos de corazones rotos rodando por las calles, que hay cientos de sin sabores paseando por las banquetas y miles de amores que no han contado su historia porque aún les cala.

Texto: Elizabeth Pérez Castro

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