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El templo de San Jerónimo Tlacochahuaya, la historia.

Entre los pueblos importantes del valle oriental de Oaxaca sobresale San Jerónimo Tlacochahuaya, que se sabe, fue fundado por el Guerrero Cochihuala “el que pelea en la noche” después de vencer a sus amigos. Aquí tuvo lugar el casamiento de un hijo del rey Cosijoesa con una hermosa doncella, hija del señor principal de la población. Cuenta la historia que durante la ceremonia se suscitó una riña y en ella pereció el novio. A la llegada de los españoles, Tlacochahuaya fue entregada en encomienda a don Gaspar Calderón quien la conservó durante cinco vidas, después de las cuales paso a poder de la corona.

Este templo y convento se empezó a construir a mediados del Siglo XVI bajo la vigilancia de Fray Jordán de Santa Catalina, quién debido a su espíritu austero y penitente, no quiso que se edificara una obra portentosa, si no una casa de observación donde los dominicos pudieran guardar la ley para la santificación del alma. A esto se debió su construcción sencilla, un tanto lóbrega con celdas bajas, estrechas, oscuras y apartadas del camino real para alejarla de la tentación mundana, es decir, a imitación de los primeros anacoretas cristianos que prefirieron vivir en grutas y cuevas.

Tlacochahuaya fue Vicaria y cabecera de Doctrina, sus fundadores dominicos le pusieron bajo el patrocinio de San Jerónimo: “blasón de penitencia y patrón de la vida eremítica”. Sus hermosos altares son de estilo plateresco con imágenes de incomparable belleza entre las que sobresalen: La Virgen del Rosario, el descendimiento, María y el niño y el arcángel Gabriel.

Digno de admiración es el San Jerónimo del pintor indígena Juan de Arrué, de quién dice el más notable de los historiadores oaxaqueños Francisco de Burgoa: que aunque no hubiera pintado otra cosa bastará este cuadro de San Jerónimo para hacerle célebre en el mundo. Efectivamente, esta obra puede compararse con la mejores que embellecen el Escorial y San Pedro en Roma. Entre las esculturas se encuentra: un padre eterno que sostiene entre sus manos un cristo crucificado.

Aquí consumió veinticinco de sus cien años de vida Fray Juan de Córdoba, de quien se dice, jamás tocó moneda alguna. Usaba Zapatos solo para decir misa y era considerado un santo. A él se debe el primer diccionario de lengua zapoteca. A principios del siglo XVII se pusieron los cimientos de un nuevo convento que quedó inconcluso. La decoración interna así como la fachada, es obra exclusiva de nuestros artistas indígenas.

Texto extraído de la placa principal que se encuentra en la entrada del templo de San Jerónimo Tlacochahuaya.

Sin duda un hermoso lugar digno de admirar, la comunidad se caracteriza por su limpieza y su tranquilidad, los invitamos a conocerla.

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Sobre Salvador Hernández M.

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