Por: Eduardo Cruz Vázquez / Periodista, gestor cultural y ex diplomático, experto en economía cultural, columnista en El Economista.

Los derechos de publicación de las dos obras cumbre de Juan Rulfo, imagino deben rondar en 10 millones de pesos. Cinco cada una en el mercado nacional. Para el extranjero, la cotización puesta en dólares se incrementa 20 por ciento. Por principio no vale una pieza más que otra. Según el tiempo de duración del contrato, de las características de las ediciones y del tiraje, vendrán las regalías. Para publicaciones conmemorativas, el costo de El llano en llamas (1953) y de Pedro Páramo (1955) tiene oscilaciones en función de quién quiere hacerse de los títulos y del manejo de la distribución. Por supuesto, existen la exención de pago o la coproducción, vienen según el proyecto que se presente a los dueños de la marca. Si hablamos de los valores agregados de Rulfo, donde los controles patrimoniales son hasta ahora imposibles (pero se advierten como aspiración), las economías de escala son significativas.

El manejo del producto Juan Rulfo no es igual al de Carlos Fuentes o de Truman Capote. Aunque potente su narrativa, el alcance es naturalmente menor por ser un catálogo mínimo. Aun sumando los millones de ejemplares puestos en circulación desde su primera tirada (misterio jamás revelado al que atrevo la cifra de 5 millones) difícilmente superarán la de escritores afamados con más títulos. Mientras ellos requieren de agentes literarios, los herederos de Rulfo crearon una fundación que, por cierto, no es donataria. Tienen al frente de ella a un profundo conocedor del comercio de significados. El defensor de la legalidad de los códigos rulfianos es Víctor Jiménez. Lo hace muy bien.

Los artistas portadores de orgullos nacionales son buen negocio para los herederos. El legado de los fotógrafos Casasola o de Frida Kahlo son ilustrativos. El festejo de onomásticos o de acciones relevantes movilizan intereses simbólicos y financieros. Hay que prestar consideración a unos y otros, pues al creador corresponde una historia económica. Desentrañarla no es de ociosos o especuladores. Es una tarea que permite construir mejores cimientos para la economía cultural y para diversidad de artistas que desean vivir de su trabajo.

Las economías de Juan Rulfo son tan ricas como su producción creativa. Lo marcan desde la cuna. Es su tiempo de niñez y juventud el de un país que intenta desarrollarse. Muy pronto supo el hombre del valor del dinero, de las urgencias laborales. Como muchos otros de su especie, tiene que combinar sus afanes artísticos con la fuente de empleo que asegure la manutención. Al también fotógrafo le toca la oleada nacionalista con su cauda de subsidios y pedestales. Lo envuelven la política cultural con variadas instituciones, el expansionismo del poder presidencial priista con sus abundantes recursos, el auge empresarial en la radio, el cine y la televisión.

A las economías rulfianas les incumbe el surgimiento en 1934 del Fondo de Cultura Económica, editorial pública que las abrazó. Tanto como las becas que le dieron con fondos privados en el Centro Mexicano de Escritores. Vio crecer los espacios de divulgación en la UNAM, los quehaceres de la diplomacia cultural, los empeños del Instituto Nacional Indigenista donde modeló libros. Los años del cincuentón Rulfo surcaron entre sinergias públicas y privadas vistas en suplementos culturales, revistas, talleres literarios, en casas editoriales como Joaquín Mortiz.

El estrellato de Rulfo, en una economía mexicana estable hasta los años 70, le permitió formar una familia. Cuatro hijos a los que les dio estructura al lado de su esposa a quienes heredó una riqueza que no pudo valorar en el espacio de la globalización. Cosas de la vida, Rulfo falleció en medio de la crisis económica del presidente Miguel de la Madrid, con esa antesala terrible en el sexenio de López Portillo. Rulfo, el de la economía cultural, vale mucho.

asesoresencultura@yahoo.com.mx

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