Por: Juan Antonio Gómez Cardenas

En Latinoamérica, en Europa y aun en Asía, pocos sitios retratan la vida y costumbres de una comunidad como los mercados tradicionales; puntos de reunión –aunque circunstancial- de un gran número de los habitantes de una ciudad o población, en torno a ellos giran infinidad de actividades, algunas de las cuales surgen sola y justamente para y por los mercados.

Merced al multicolor encanto y sabor propios y a que las opciones de compra en ellos son variadísimas, quienes viajan en busca de conocer otros sitios y otras culturas acuden con entusiasmo a estos centros, fiel reflejo del carácter y la vida interior de una ciudad. En México en general, y en Oaxaca en particular, estas características se magnifican, pues los mercados ponen al visitante en contacto con el mundo indígena, que conserva su vigor, más de 500 años después del encuentro con Occidente. En los principales mercados oaxaqueños se encuentra prácticamente todo lo que manos indígenas cultivan y crean, así como una infinidad de productos de uso diario y una gran riqueza  de artesanías únicas de la región, hechas en la poblaciones dedicadas a su elaboración.

Asimismo en distintas poblaciones de la geografía oaxaqueña se realizan los días de plaza, (siete opciones a la semana) singular enclave de convergencia donde cada semana habitantes de las comunidades circunvecinas ofrecen sus productos y compran a su vez lo que necesitan y que no encuentran en sus sitios de origen o tienen en ellos un mayor precio. De estos mercados semanales, vistosa amalgama  y muestra viva de la asombrosa pluralidad étnica de la entidad, uno de los más importantes y conocidos es el que cada viernes tiene lugar en el centro de Ocotlán, a 36 kilómetros al sur de la ciudad de Oaxaca.

El cual me decidí a visitar, abordé mi vehículo y me fui al sur de la ciudad de Oaxaca por la carretera federal 175, después de la desviación a Zimatlán de Álvarez, giré hacia la izquierda en la reconocida “Y” (punto de bifurcación) y tomé la famosa cuesta desde donde se puede apreciar una magnifica vista del cielo azul y el verde de los campos y cerros (bendición de la naturaleza de estos territorios); tras pasar por poblaciones como San Martín Tilcajete, Santo Tomás Jalietza, y San Antonino Castillo Velasco, la carretera me situó (en un trayecto que duró aproximadamente 40 minutos) en el pleno centro de Ocotlán

Fotografía: El Universal

Si usted visita Ocotlán cualquier día de la semana que no sea viernes, podrá advertir que hay puestos de comida, ropa, artículos del hogar y otros, en una de las calles aledañas al parque central.

Esto es debido a que hace algunos años el inmueble donde se hallaba establecido el mercado “permanente” fue destruido por un incendio. A falta de un espacio adecuado donde continuar sus actividades, los comerciantes decidieron instalar sus nuevos puestos allí mismo, sobre la calle, donde los viernes se mezclan y confunden entre los que semanalmente son colocados por los comerciantes del “tianguis”. Así durante el día de plaza, aproximadamente diez cuadras alrededor del parque principal son ocupadas por los innumerables puestos, e incluso una buena parte del propio parque y hasta los pasillos del palacio municipal son ocupados principalmente por los vendedores de sombreros.

Una de las características que saltan a la vista, después del tamaño del tianguis, es que en él puede encontrarse una variedad casi infinita  de cosas y artículos: desde los tradicionales panes y empanadas de Ocotlán, hasta zapatos de León Guanajuato, o vajillas de barro del Estado de México, pasando por canastos de palma de San Miguel Piedra, Nochixtlán –o de carrizo de Asunción, allí mismo en el distrito de Ocotlán-, flores de Santiago Apóstol, molinillos de Yagalán, frijol de Ejutla o Miahuatlán o naranjas de Santa Catarina Tlapacoyan.

¿Qué se le ocurre? Un yugo de madera de sauce, o un azadón, un comedor pequeño de madera, un vestido, un gallo, una cazuela de barro verde, una chilmolera de barro, un listón para el cabello, ¿un metate?

¿Qué se le antoja? ¿Una empanada de amarillo, un mole, una rebanada de nicuatole, unas enchiladas con pollo, un mezcal, una barbacoa de borrego o de chivo, una taza de chocolate-atole…?

Para finalizar, como postre para que resbale y asiente, una rica nieve de garrafa, leche quemada, tuna, limón, vainilla, pétalo de rosas, etc… me conquistó el sabor de la tuna. Caminando por los pasillos del mercado me encontré repentinamente con la reencarnación de Frida Khalo, la “selfie” no se hace esperar, aunque se moleste Diego.

Fotografía: El Universal

Claro está que,  signo de los tiempos, existen muchas cosas que rompen un poco con la imagen tradicional que aún guardan los mercados en nuestras comunidades; por ejemplo, pueden verse puestos de televisores, aparatos de DVD o de Blue Ray , video juegos, películas, etc. Sin embargo, entre la citada variedad de mercancías que pueden adquirirse en el día de plaza ocoteco, hallan especial lugar las que son propias del lugar, como el delicioso y oloroso pan que tiene destinado para su venta todo un pasillo en el parque; o las servilletas y ceñidores de algodón que tejedores de la población ofrecen en diversos puestos, o las muestras de la habilidad de los maestros talabarteros, cuyos huaraches, cinturones, bolsas, arreos de montar y otros artículos son valiosas artesanías que ya corren el riesgo de irse perdiendo. Y qué decir de la cuchillería ocoteca, que con la familia Aguilar encuentra sus mejores expresiones y alcances.

Del mismo modo, así como la variedad de las mercaderías es abundante, lo es de quienes deambulan, chocando o no contra las demás personas o contra los propios puestos. Hay quién llega desde los poblados pertenecientes al distrito, como Asunción o San Antonino Castillo Velasco, pero también acuden personas de lugares como el Valle de Tlacolula, la Sierra, la Cañada o la propia ciudad de Oaxaca.

La mayoría de quienes acuden al mercado tiene como propósito comprar lo que necesitan para el consumo propio o para revenderlo a su vez en sus lugares de origen; no obstante, existe un importante flujo de visitantes que arriban a la población solamente atraídos por la hormigueante actividad, el multicolor encanto y los abigarrados y exquisitos olores y sabores que por doquier enfrentan al paseante en los mercados oaxaqueños. De hecho, el día de plaza ocoteco resalta en las guías turísticas y entre las recomendaciones al paseante nacional o extranjero como uno de los sitios o actividades que vale la pena conocer.

Un dato que debe de enfatizarse es que aún en nuestros días, en los mercados como el de Ocotlán  en su día de plaza es posible observar el ancestral trueque como una actividad que aún se práctica, aunque en escala considerablemente menor que en tiempos remotos.

Asimismo y como en todos los mercados de México, una práctica común es el regateo, que propios y extraños  se aventuran frecuentemente a intentar, por más que los segundos no obtengan una buena rebaja ni, para peor, una buena respuesta.

Como sea, el día de plaza en Ocotlán constituye, como ya se ha apuntado, una muy buena  alternativa para un viernes de paseo, y puede resultar el complemento ideal a la visita de esta comunidad de los Valles Centrales de Oaxaca, la cual cuenta con numerosos atractivos como el templo, ex convento, la cerámica de la familia Aguilar o la cuchillería de la otra familia del mismo apellido, así como la casa del afamado pintor Rodolfo Morales quien ofrece testimoniales de su pueblo querido a través de su plástica y de la propia población, dignos de admirarse y conocerse.

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