Lo amé perdidamente, con locura y terquedad. Nuestro amor se alimentó de promesas, besos y mezcal. A nosotros nos unió Oaxaca, entre las calles, la cantera y el silencio cómplice de los templos se fue tejiendo una historia que terminó mal.

No aprendí a odiarlo, no pude olvidarlo. Dicen los que saben que el mezcal amarra y amarra bien, que para todo mal mezcal y para todo bien, también. Pero que si se trata de penas del corazón entonces hay que recurrir a algo más profundo y efectivo; hay que dejar que la música se encargue de los abatidos.

¡Álvaro! Poeta consumado, autor de amores que no hallan fin y que de boca en boca se van cantando. Oriundo de la Costa Chica, Carrillo nació un dos de diciembre de hace 96 años, en 1940 compuso su primer tema, Celia.

Ahondar en detalles me parece –de momento- innecesario, basta decir que un buen día se decidió a ser compositor de tiempo completo y así nació el mítico e inigualable Álvaro Carrillo que conquistó al mundo con sus canciones y que dotó a Pinotepa de su inigualable chilena.

Octavio Paz, admirador del compositor, dijo alguna vez que “plenilunada” debía ser considerada la contribución de Álvaro a la poesía mexicana. La palabra no existía antes de él, después de él se convirtió en todo. Esa era la magia de Álvaro Carrillo, su capacidad de crear, de convertir las palabras en versos que evocaban y movían sentimientos

Carrillo vive, respira, perdura y se vuelve eterno, la majestuosidad de sus composiciones conquista a propios y extraños. No hay historia que no encuentre lugar entre sus canciones, entre una voz cantando “El andariego”, “Orgullo”, “¿Se te olvida?”, “Amor mío”, “Luz de luna” y “Sabor a mí”, por mencionar algunas.

Álvaro Carrillo es Oaxaca, es el amor en Oaxaca, el dolor en Oaxaca. Su música toca el alma, nos traspasa, nos transporta, nos recuerda, nos eleva y nos desgarra. En ella encontramos motivo y consuelo; nos recuerda que hay ausencias que triunfan y amores que no conocen final. Y así, de verso en verso, de tanto en tanto, con su música volvemos a ilusionarnos, a creer que el amor perdura pese al paso del tiempo.

Y con el sentimiento a flor de piel a veces nos da por cantarle a los amores ingratos, “Pero allá tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí.”

Por: Elizabeth Pérez Castro

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