Por: Rubén Toledo “Sensei”

Carrera a campo traviesa en San Juan Evangelista Analco

Ubicación de la población
La población de San Juan Evangelista Analco, Oaxaca (Según un poblador de la localidad, Analco significa en español: al otro lado del agua), cuenta con aproximadamente 500 habitantes. Se encuentra enclavada en la sierra norte, a dos horas de la capital del estado. Se llega por la carretera que va de Oaxaca a San Juan Bautista Tuxtepec, en el km. 50, pasando la población de El Punto se encuentra una desviación de terracería que va serpenteando en medio de árboles de encino inmensos.

Primeras impresiones del pueblo
Al acercarme al pueblo, una temperatura fría nos recibe, se siente en el ambiente el olor a encino y un sol que tímidamente se asoma entre la sombra de los imponentes árboles del camino de acceso. Debo destacar que este día es víspera de la fiesta patronal del pueblo, tradición que data de la época posterior a la “evangelización” del pueblo. Coincidentemente con este proceso, el “santo patrono” venerado es San Juan Evangelista. El ambiente festivo se siente en el pueblo, las calles principales -empedradas-, y las que circundan la iglesia principal son atravesadas por banderines de colores.


Mi plan es permanecer esta tarde, pernoctar y al día siguiente participar en una carrera a campo traviesa organizada por la comunidad en honor a su santo patrono; a través de la cual se pretende fomentar las buenas prácticas de este deporte, propiciar una mejor salud y allegarse de visitantes durante la festividad.

Sólo de comenzar a dejar el bosque y adentrarme al pueblo, acompañado de mis amigos corredores Sergio, Adrián y Víctor; veo cómo las chimeneas de algunas casas despiden un humo que solamente significa que adentro se cocina algo rico o que el hogar del que se desprende es un espacio agradable. El humo no sólo es un elemento visual del paisaje serrano, ya que al provenir de madera de encino, un olor cálido y agradable invade las calles.

Fuimos recibidos por el Sr. Pablo, un habitante distinguido del pueblo, que según sus tradiciones y normas internas, ha desempeñado diversos cargos en la estructura de la comunidad; él nos llevó hasta la iglesia, ya que dijo que era el padre de la iglesia quien iba a darnos un espacio en uno de sus corredores para pernoctar. Destaco que íbamos preparados con casas de campaña y bolsas de dormir; puesto que la aventura es parte de este viaje. Sobra decir que el sueño fue muy poco y ligero.

Y es que la noche transcurrió entre campanadas, sonido de cohetes y el andar de las personas que terminaban de adornar la iglesia con el fin de darle la mejor presentación posible; ya que las flores, festones, velas y veladoras, humo son elementos que crean un ambiente de misticismo, mismo que parece acentuarse con la neblina y el frío exterior.

La carrera
El día siguiente, desde las seis de la mañana comenzamos a preparar el material que necesitamos para participar en la carrera por las montañas húmedas y boscosas que rodean el pueblo.

Previo a la carrera, un grupo de mujeres encargadas de la comida y bebida de los “mayordomos” nos ofrecieron tamales y atole. A sabiendas de lo pesado que resulta para el estómago de nosotros como corredores, pensamos en resistirnos a la muestra de hospitalidad, sin embargo, existe un adagio popular que aquí aplica: Si se tiene que elegir entre dos opciones, se elegirá aquella que nos genere más placer que dolor. Sin duda la comida es un placer y la respuesta obvia.

El mayordomo, -en punto de las ocho-, anunció la salida a la carrera. Muchos corredores entre gritos, silbidos, y algarabía salieron en pos de recorrer esta ruta mágica. Algunos salieron disparados en pos de llegar en primer lugar y obtener el premio económico que los organizadores ofrecen; otros, como yo, salimos con el afán de admirar el paisaje, de vivir la aventura, y, sobre todo, de convivir en este ambiente deportivo.

La contienda se llevó a cabo en un entorno de armonía, ya que es evidente la influencia positiva de los serranos, Tácitamente se entiende que las reglas de convivencia las dictan los anfitriones.

La carrera fue muy buena, siete kilómetros por veredas muy atractivas y alrededor de una laguna que le da nombre al pueblo. Aquí conviven a la par personas del pueblo con los visitantes, gente joven y gente adulta, corredores profesionales y corredores amateurs. Se da una simbiosis excepcional. Casi trescientas personas de diverso origen participaron en esta fiesta.
Es evidente que los primeros lugares completaron la prueba en un suspiro: menos de treinta minutos, mientras que los más valientes, lo hacen en más de hora y media. Hay aplausos para todos; a los primeros por su velocidad y a los últimos por su perseverancia.

 

El regreso
Cansados y sucios por la batalla y la armonía con la montaña, nos dispusimos a abandonar este entorno tan rico en cultura y tradiciones y devolvernos a nuestra casa habitual, llena de cemento, cables, edificios grises y autos contaminantes. No cabe duda de que se da un gran contraste social, cultural y ambiental entre estos dos mundos.

 

El regreso ya no tiene la misma adrenalina o expectativa que la ida, así que Morfeo hace de las suyas inmediatamente.

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