Oaxaca es un estado rico en leyendas y mitos, mismos que se han preservado gracias a una tradición oral profundamente arraigada; desde el Leon Blanco parlante en la zona de Huautla de Jiménez, hasta el lugar en el bosque donde se aparece una sombra en Chalcatongo de Hidalgo. Cada lugar guarda misticismo.

En esta ocasión voy a relatar otra visión de las carreras de montaña. El hecho de subir montañas por senderos ancestrales también significa convivir con seres que son difíciles de percibir, sin embargo, es seguro que están allí y conviven de manera cotidiana con nosotros.

En un lugar llamado “La Zarzamora”, a más de cinco kilómetros del pueblo de San Agustín Etla, en una ladera escondida de la mirada curiosa de las personas de montaña, existe una cueva de aproximadamente medio metro de alto, ahí es posible encontrar, colocado en su entrada, un tráiler de juguete. La curiosidad de este lugar es que cada vez que me asomo a dicho lugar, al que se llega con mucha dificultad, veo el vehículo en diferente posición, como si alguien lo utilizara o jugara con él.

Recientemente, al correr por las laderas de un cerro llamado “El Picacho”, a seis kilómetros del mismo pueblo, encontré una “construcción” aparentemente hecha por un menor de edad; un camino bordeado por piedras cuidadosamente colocadas y una línea que fue trazada con precisión, y  conduce hasta una pequeña oquedad en un árbol. Esta construcción no es visible fácilmente desde la vereda y su existencia es un hecho curioso, ya que a un adulto le toma más de una hora llegar a este lugar por una ruta de veredas y atajos.

Es importante que al recorrer las montañas se conserve el respeto por quienes allí habitan, de hecho, la misma montaña es un ser vivo. Es por esta razón que las personas de San Agustín Etla, que suben por las veredas, ofrecen algún tributo al “Chaneque”, como ellos mismos lo nombran; una vasija de mezcal o refresco, alguna fruta e incluso dulces. Ya que, de acuerdo con la tradición, es necesario contar con su venia para poder ascender y descender sin dificultad, evitar extraviarse y cualquier otra eventualidad.

Oaxaca es un estado que visto desde arriba parece una hoja de papel arrugado, y cada arruga guarda una historia, un mito o una leyenda. Así es este Oaxaca nuestro.

Texto y fotografías: Rubén Toledo “Sensei”

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