Un guía especial
Por Rubén Toledo “Sensei”

Las montañas de Oaxaca tienen un encanto especial; cada salida, cada entrenamiento, cada recorrido me brinda la posibilidad de escribir una nueva historia.
Es domingo y el ritual de correr en la montaña tiene que cumplirse. Alisto mis aperos para enfrentar o mas bien, para encontrarme con la naturaleza: Mochila de hidratación con silbato, agua, material de curación, protector solar, algo de comida; reloj GPS y lentes de sol.
Estaciono el auto en un lugar seguro, -es un decir-, ya que San Agustín Etla, a 13 km de la Cd. De Oaxaca; es un lugar en el que las personas respetan lo ajeno.
En punto de las 6:30 a.m. comienzo a correr buscando una vereda en un paraje llamado “Cabeza de Vaca”, 10 km montaña adentro. Poco a poco la mancha urbana va desapareciendo y la naturaleza comienza a ser abundante. Es aquí donde la historia comienza.

Al salir del pueblo, noto que un perro me sigue cautelosamente; me siento nervioso, no quiero hacerme responsable de un ser vivo, sobre todo porque estoy consciente de la distancia y tiempo que debo permanecer lejos de a la civilización. A pesar de mis intentos de persuadirlo a que desista, el sigue detrás de mí.
No cabe duda que un perro es excelente compañía para un corredor solitario; al poco tiempo, decide tomar la delantera y se va guiándome y llevando el ritmo de la carrera. Me siento tranquilo ya que al ir por delante de mí, vigila que en las veredas no existan peligros potenciales.

Después de algunos kilómetros pasamos por la Exhidroeléctrica, un lugar por demás hermoso con una enorme construcción de finales del siglo antepasado, que generaba electricidad para la incipiente capital del Estado. En este punto, el perro decide que es momento de refrescarse e hidratarse y se mete al río a beber agua.
Las cuestas representan poco problema para un perro, ya que al tener cuatro apoyos, distribuye de manera eficiente su peso y es capaz de correr incluso en tramos difíciles. Pasan las horas y “el guía” no muestra signos de cansancio. Al llegar al paraje “Cabeza de Vaca”, el perro parece sonreír, como si supiera que hemos llegado a la cumbre. A partir de aquí solo resta comenzar a bajar al pueblo. Si subir nos llevó tres horas, el regreso lo hicimos en la mitad del tiempo. Al llegar al punto de inicio, como si fuera un cómplice de una travesura, el perro se va por su camino sin siquiera voltear a verme. Le extiendo una mirada de agradecimiento y dispongo a estirarme y a guardar mis utensilios de carrera. Un domingo más recorriendo las montañas de Oaxaca. Volteo hacia los cerros y agradezco que me hayan permitido recorrerlos.

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