Por: Mtro. Juan Antonio Gómez Cárdenas / gomcard@yahoo.com

Nuestro entorno ha sido escenario en los últimos años de innumerables conflictos políticos-económicos-sociales, deviniendo a una profunda crisis permanente que ya ha tocado fondo desde hace tiempo, en donde la apatía, desinterés e indiferencia ciudadana mantienen viva la llama de la desesperación y la urgente necesidad de recuperar y preservar nuestras ciudades, barrios, colonias, comunidades, municipios, distritos, territorios y regiones que contribuyan a replantear las bases de una sana convivencia, construyendo una ciudadanía inspirada en términos de anteponer beneficios particulares a beneficios colectivos y cooperativos, diseñando un innovador modelo que pueda ser el referente de un territorio colaborativo, solidario, responsable y con una marcada cohesión social, que puede empoderarse y facilitarse desde sus colectivos docentes de forma integral.

Se requiere fomentar un entusiasmo colectivo que motive y contagie a ciudadanos impulsando ciudadanía desde la cultura de forma responsable y participativa, transformando una nueva relación en cada uno de nuestros territorios que favorezca y permita recuperar espacios emergentes, en donde se facilite el surgimiento de las diversas expresiones y manifestaciones propias de la cultura local. Todo ello por el complejo proceso de estar reinventándose cada tres o seis años a razón de los constantes cambios en las administraciones de la gestión pública (municipal y estatal), creando formas de asociación, de seguimiento, de contacto, interacción, vinculo, conexión y comunicación, todo ello como consecuencia de una ausencia de plan maestro a largo plazo, que surja desde las inquietudes ciudadanas, de  los colectivos culturales emergentes o desde la iniciativa de un colectivo docente en los territorios comunes.

Es urgente diseñar espacios y plataformas donde se expresan las tradiciones, las memorias, las posibilidades del presente y la imaginación para generar futuros deseables, equitativos e incluyentes a través de un nuevo diálogo intercultural, más ciudadano y menos gubernamental, siendo este último, más un facilitador un eje catalizador de todos estos esfuerzos comunitarios.

Hoy las instituciones públicas de la cultura se retraen y sufren recortes presupuestales en sus programas de impulso, y consecuencia de ello la sociedad civil empieza a generar estrategias participativas basadas en el desarrollo sostenible, todo lo anterior con el auxilio de las herramientas que la era digital impone.

Entonces es aquí donde la gestión cultural, más allá de los terrenos en los que comúnmente se desenvuelve, como la difusión de actividades propias: como son las bellas artes en su sentido estricto o aquéllas relacionadas con las tradiciones y la memoria, cuya finalidad principal es la formación de públicos locales y foráneos para el consumo cultural; el fomento artístico en la comunidad, a través de diversos mecanismos y estímulos para la creación de obra o de las artes contemporáneas; la democratización de la cultura, y por supuesto, la administración de espacios culturales patrimoniales o no, donde permanecen constantes el museo, la universidad, los institutos y la biblioteca.

Reflexionemos: Lo cultural es una necesidad que contribuye al desarrollo humano, permite vivir plenamente con una identidad, no es exclusivo de un sector social, no hay públicos o consumidores sino ciudadanos, y más allá de una economía cultural que rinde rentabilidad, existen emprendedores que asumen una responsabilidad ética sobre el valor de bienes y servicios culturales. Los derechos culturales sólo pueden ejercerse en colectividad.

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