Por: Mtro. Juan Antonio Gómez Cárdenas / gomcard@yahoo.com

Fue el hijo número 13 de una familia modesta de granjeros de Niederwald, Alto Valais (Suiza). El hombre que iba a revolucionar la hotelería tradicional y convertirla en artículo de gran lujo, fue en su niñez pastor de cabras. Su primer contacto con los hoteles se lo proporcionó un cargo de camarero de comedor en la posada “Crown and Post”, en Sion.

En 1867, a los diecisiete años de edad, marchó a París a ganarse la vida en los más variados oficios que tuvo que practicar. Estuvo en el “Voisin”, famoso por su clientela y su cocina. Al terminar la guerra franco-prusiana regresó a Suiza. A los veintiocho años llegó a gerente del Gran Hotel National de Lucerna, por obra y gracia del buen “olfato” de su propietario, el coronel Pfyffer. Este ascenso fue el espaldarazo definitivo de su carrera, puesto que el National era uno de los mejores hoteles suizos de aquella época y las circunstancias del momento lo habían convertido en núcleo de residencia de las altas finanzas y de las cabezas coronadas europeas. Son múltiples las anécdotas que se cuentan de Ritz en su trato con hombres tales como Morgan, Vanderbilt, Rockefeller o Rothschild.

César Ritz se vio solicitado por la mejor hotelería de la época para enderezar negocios ruinosos. Antes de crear el Hotel Ritz de París, el Hotel Bristol pasaba por ser el mejor de Europa respecto del lujo que en él reinaba (tenía un cuarto de baño en cada piso). Marie Luise Ritz, su mujer, nos cuenta en sus Memorias cómo debían subirse grandes tinas de agua caliente cuando el Príncipe de Gales deseaba un baño, y todo el ceremonial que éste llevaba consigo. Los hoteles que Ritz construyó o modificó tuvieron, por primera vez en la historia de la Hotelería, todos los apartamentos con su correspondiente cuarto de baño y excelentes instalaciones de fontanería. Así fue el Gran Hotel, de Roma, en 1883; el Hotel Ritz, de París, en 1898; el Hotel Canton, de Londres, en 1899, y el Grand Hotel National, de Lucerna, en el último año del siglo XIX. A sus hoteles, Ritz sustituyó en ellos por pintura al aceite el antiguo empapelado de las paredes y desterró el terciopelo y las panas. Pero sus cuartos de baño, con bañera de mármol y paredes recubiertas de azulejos, hacían sentir a sus huéspedes como reyes en un imperio futurista.

Llegó a dirigir una docena de hoteles simultáneamente; además de los citados, el Savoy y el Carlton, de Londres; el Hotel de las Termas, de Salsomaggiore; el Frankfurter Hof, de Frankfurt; el Provence, en la Riviera; el Minerva y el Restaurante de la Conversation, en Baden-Baden.
Fue el primero que organizó una reservada información sobre sus huéspedes, de tal modo que la cadena Ritz poseía las referencias personales del mundo elegante de su época. Ello originó sus “relaciones públicas” (felicitaciones en onomásticos, aniversarios de bodas, etc.), y en cualquier hotel de los suyos que el cliente se presentara por primera vez era atendido como cliente viejo.

Reflexionemos: quizá el mejor éxito de César Ritz fue la dignificación de la profesión hotelera, Ritz de humilde origen, pero que vivió como un magnate de los que recibía, fue el primero que supo aplicar la Psicología, en forma maestra, a su especialización. Anécdotas como éstas justifican el epíteto que le aplicó Eduardo VI de Inglaterra: “Hotelero de reyes y Rey de los Hoteleros”.

 

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