Aprendemos a amar, amamos. Sin darnos cuenta, sin sentirlo ni pensarlo, un día despiertas y está dentro, muy adentro, clavado, latiendo, apretando, estrujándote el corazón y desgarrándote por completo.
Después se acaba, un día ya no hay amor, ya no hay besos, un día falta tiempo y sobran pretextos, así se acaba, de repente, de golpe, sin sentirlo ni quererlo.
En Oaxaca tenemos remedios para todo, para todos, aquí el mal de amores lo sufres porque quieres, aquí te tomas un té de siete azares y todo vuelve a ser normal, aquí te dan agua de rosa de castilla para que te olvides de llorar, aquí te bañas con flores amarillas para que se te evapore la tristeza, aquí tomas té de miel y almendras para que dejes de suspirar.
Aquí te barres una veladora y te hincas ante un altar, le pides a la virgen que te lo arranque del corazón, le lloras, le suplicas, esperas y confías en que lleguen el olvido y la resignación.
Así se deja de sufrir por amor, con tés, con hierbas, con velas, con santos, con vírgenes, con agua, con baños, sembrando rosales blancos, rosales rojos, regándolos.
Y cuando nada de eso funciona no queda más que llevar flores al mar. Un ramo de rosas rojas porque el amor fue grande y se tiene que marchar, unas rosas amarillas porque la tristeza inunda y no se puede quedar… y entonces las abrazas, las presionas fuerte contra el pecho, las lloras, las soplas, las besas, les susurras todo el amor que aún tienes dentro, las estrujas, las aprietas, las mallugas, te aferras, les lloras, les lloras mucho, les dices todo, las arrojas al mar y las dejas ir. Y se va, así se va, así se cura el mal de amores en esta tierra en cuyo suelo yace una princesa que amó y fue amada.
Así se cura la tristeza en Oaxaca, en este suelo que fue testigo de un amor que devino en tragedia y traspasó las barreras del tiempo hasta convertirse en símbolo de una ciudad. Así se cura el mal de amores que no es más que amor que late, que no es más que besos en Jalatlaco bajo el resguardo de una farola, que no es más que dos tomados de la mano caminando por el andador.
Aquí curamos los corazones rotos, aquí lloramos para olvidar y olvidamos para no llorar. En Oaxaca amamos y curamos el desamor. Y como manda, como juramento; como lo dijo un oaxaqueño, al final solemos decir:
“No le pido yo al cielo que te mande mas castigo, que estés durmiendo con otro y estés soñando conmigo.”

Texto: Elizabeth Pérez Castro

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