Por: Elizabeth Castro

En la distancia Oaxaca es como un sueño romántico, una esperanza, un edén al cual volver después de llenarse los pulmones, la vista, el estómago y el cuerpo de aires que son ajenos. Es como un pequeño oasis, un anhelo que mueve el espíritu, que conforta y acuna el alma.

En la lejanía se añoran sus fiestas, sus bailes y sus comparsas; ningún mezcal como el de su agave, ningún mole como el de sus chiles; ningún sazón como el de sus cocineras que aun muelen en metate el ajonjolí y el pan mientras fríen la comida con manteca. Se extrañan sus panes, sus nieves de tuna y leche quemada, sus calles de verde cantera, sus aromáticas azucenas. Sus desayunos de enchiladas, empanadas y memelas, de manjares en cazuelas, las cenas de garnachas y tlayudas, sus comidas con tortillas bajadas del comal y aguas frescas.

Cuando el frio cala siempre hace falta el chocolate de agua con pan de yema, el café de olla, el calor del bracero, el aroma de su leña de encino y el ocote con que se encienden los hornos para estar a buen tiempo.

Oaxaca se lleva en las entrañas, en la sangre, en los huesos; en el latir de un corazón que palpita con tristeza cuando recuerda el azul nítido del cielo, las noches estrelladas de la Sierra y los amaneceres despejados de la Costa que parecen fundirse con la arena amarilla de sus puertos.

Los domingos se extrañan sus campanas, sus misas de cada hora en La Soledad, sus dulces que se deshacen en el paladar, las sonrisas de los niños que corren tras burbujas en el zócalo, los sonidos de sus conciertos bajo el laurel, las parejas que bailan danzón con solemnidad. La risa y la fiesta que se encuentra en cada esquina del centro de la ciudad.

Desde fuera, Oaxaca parece inalcanzable, mágica, nítida, etérea; ajena a todas las malas nuevas que cuentan de ella. Oaxaca se antoja a media charla, cuando en medio de un mezcal la sonrisa alcanza mi boca para comenzar a hablar de sus bondades y su belleza, de sus tradiciones, de las bodas y las calendas, de la misa oaxaqueña, de sus sones, sus jarabes y sus chilenas; del quesillo que no es lo mismo que el queso Oaxaca, del verdor de sus montañas y el frio de la Sierra, de sus chapulines, del baile del guajolote, de las faldas de las chinas oaxaqueñas y el resplandor de las istmeñas, de los mitos y las leyendas.

No hay corazón que no extrañe, lágrima que no se asome, cuando se trata de Oaxaca; cuando la Canción Mixteca adquiere sentido y la Guelaguetza es solo un recuerdo. Cuando han quedado atrás las montañas y los cerros, las curvas sinuosas de sus carreteras y el calor húmedo de su glorioso Istmo, las canastas, el pan de cazuela, los siete moles, las marmotas y el Son Calenda.

¡Ay, Oaxaca! Desde el exilio necesario te seguimos buscando, amando, soñando; esperando el momento de volver a probar tus manjares, beber tepache y mezcales, gritar con alegría, ver el cielo iluminarse con los castillos y bailar toritos mientras la gente celebra y aplaude; desde aquí se antoja estar en tus iglesias, inhalar tu aire, visitar tus mercados, recorrer tus Sierras, volver al punto y origen de nuestra existencia, atender el llamado del cordón umbilical que tenemos enterrado en tu tierra.

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