“Mortal como soy,
se que nací para un sólo día.
Pero cuando sigo con placer
la densa multitud de las estrellas
en su curso circular,
mis pies dejan de tocar la tierra”.
Ptolomeo, Claudio. 150 D.C.

Por: Canela Sandoval.

No siento los dedos de la mano derecha y los latidos de mi corazón llegan a la mitad de mi garganta, tengo las piernas débiles. Vi la escarpada cima 10 metros atrás y debemos alcanzarla en no más de cinco minutos porque empieza a clarear, un retraso significaría perderte, no soñar, son casi las 6:15 de la mañana.
Un camino que inició a las 3:45, puntual, con el manto de Andromeda en pleno festín y las estrellas al alcance de mi mano, casi toco la constelación de Escorpio, o lo imaginé, cuando pedí detenernos un momento para poder contemplarla y no perder detalle.
Salir de la cabaña número siete y abandonar el calor de la chimenea, dispuestos a perdernos en el bosque mesófilo de bromelias y árboles pingüino negro y flor pico de pájaro, a dos grados bajo cero, pero con el alma cálida y las esperanzas a cuestas.


El aire a 3 mil 200 metros de altura sobre el nivel del mar es frío, en San Isidro Llano Grande del municipio de Santiago Amatlán, en la Sierra Norte de Oaxaca, según Hermenegildo, nuestro guía con 15 años de experiencia, es un día no tan gélido.
Estamos provistos con chamarras, gorros, bufandas y lámparas que hacen las veces de nuestros ojos; de momentos el sendero se vuelve inóspito, a veces amigable, cuando el olor a menta poleo llena mi olfato y miro de reojo el vaho caliente de las bocas de Alicia, Abdiel y Salvador.


Antes, una historia con moraleja de respeto al bosque y a los cuatro elementos de la tierra, escuchamos sentados todos sobre troncos cubiertos de una alfombra de hierba, me hace reflexionar acerca de este mágico lugar. Una comunidad que aún subsiste en medio del bosque, que tiene la fama de ser una de las más limpias del país, y me conecta con la fugacidad de la vida.


Comienzo a tararear una canción nunca antes escuchada. Ahora sé que sólo unos cuantos podrán hacerse cargo de la casa de las estrellas, quisiera prepararme para atesorar toda esa sabiduría del pueblo indígena zapoteco.
“Hay que pedir permiso al bosque para estar aquí, hay que tenerle respeto, hay que agradecerle”, dice nuestro guía, mientras pregunta si estamos bien, si podemos seguir adelante, mientras nos cuenta las historias de los “niños santos” u hongos alucinógenos y otra variedad comestible en delicioso caldo como el cortijero; y de las bondades terapéuticas de la flor de perrito rojo o del diente de león.


Cuando estoy a dos pasos de ver lo que hay después de la montaña, mi respiración se ha controlado, como si no quisiera perturbar lo que a continuación trataré de describir: un mar de nubes, ganas de volar, de saltar sin temor al desfiladero, de gritar, un infinito agradecimiento por existir, el sol asomando su frente, el cielo morado, rojo, naranja, violeta, rosa, índigo, inmarcesible.


Los árboles enmarcando la escena, el viento en mi cara, la lluvia de mis ojos, el agradecimiento por estar viva.
Casi tres horas de caminata y todo ha valido la pena, porque los moradores de Llano Grande, pueblo fundado en el siglo XIX, con vecinos de Lachatao y Amatlán, cuyos pobladores huían de la Revolución Mexicana, han sabido vivir en equilibrio con la naturaleza.
Admiro la belleza y no puedo creer que a 66 kilómetros de la capital de Oaxaca sobre la carretera federal 190 hasta Tlacolula, por la desviación a la izquierda de Díaz Ordaz, yendo hacia al norte pasando Cuajimoloyas, se encuentre este paraíso tan ajeno a la ajetreada urbe. Un poco más de una hora de camino.
Estamos en la cima y “Chava” dice: ¡Es algo que todo el mundo debería ver! Y todo el mundo estaba ahí para nosotros, entonces en mi cabeza comienza a reproducirse esa canción de Bowie: “podemos ser héroes, sólo por un día”.

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